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Primera victoria en casa. El Cádiz vive posiblemente su momento más dulce de los últimos doce años, con unos números sensacionales para ser un recién ascendido. Hoy realizó un trabajo sensacional, en el que pasó por su encima de su rival, todo un Athletic de Bilbao, y en el que sólo faltó haber materializado alguna de las numerosísimas ocasiones de que disfrutó para no tener que sufrir hasta el final. Pero bendito sea este sufrimiento, cuando hace no mucho, el sufrimiento era por causas mucho más duras.
El comienzo del encuentro no hacía presagiar que veríamos un gol tan pronto. El ritmo era lento y anodino, por parte de ambos contendientes, que no mostraban muchas prisas por ganar. No obstante, el Cádiz disponía de muchísimo más posesión de balón que su rival, y si alguien merecía marcar, esos eran los amarillos.
Así ocurrió en el minuto 12. Excelente pase interior a Sesma, que ganaba la espalda a toda la defensa, y con mucho tiempo para pensar, centraba al área. Aranzubia no acertaba a despejar correctamente, y Enrique cazó el balón. El extremeño, con la sangre helada, controló, levantó la cabeza, y la coló por uno de los huecos. Comienzo ni soñado por los más optimistas.
Tras el gol, parecía que estaban pasando el vídeo de los primeros minutos, porque el encuentro volvió por esos mismos derroteros. Pese a ir por debajo en el marcador, los vascos no reaccionaban, pero el Cádiz prefería dejarle algo más la iniciativa, y cazar los huecos que dejaran los zagueros rojiblancos. Los locales querían repetir la misma jugada que había dado lugar al primer tanto.
Las sensaciones eran magníficas. Los de Espárrago, como hicieran siete días antes en el Olímpico de Barcelona, controlaban perfectamente a los vizcainos, que aunque ponían todo su empeño, no conseguía inquietar a Armando. Todo lo contrario que cuando los amarillos salían al contragolpe. Cada escapada cadista levantaba murmullos en las gradas.
Todo parecía sentenciarse en el minuto 34, en el gol de Fleurquin, pero el madrileño Megía Dávila se dejó engañar, y anuló el tanto por entender que había habido falta previa de Oli, cuando en realidad el defensa se dejó caer. El colegiado redondeó su tarde segundos después, cuando un centro de Sesma desde la izquierda fue cortado con la mano dentro del área por un zaguero bilbaíno, lo que terminó de provocar las iras del respetable.
Pese al lógico enfado, el Cádiz no se vino abajo, y no cejó en su empeño por ampliar su ventaja. Aunque los leones no estaban dispuestos a seguir siendo meros espectadores, y jugadores como Iraola empezaron a mostrar sus habilidades futbolísticas, y los rojiblancos empezaron a avisar de que en cualquier jugada podían llevar la desgracia a la parroquia local.
Aunque eso no quitaba que el Cádiz, con el paso de los minutos, se fuera sintiendo más seguro, y estuviera dando un verdadero baño a su rival. Su mejor hacer estuvo a punto de materializarse, por segunda vez, en el 2-0, al borde del descanso. Enrique, el mejor de la primera parte, presente en todas las jugadas de ataque, puso un balón de gol, pero Sesma, con el portero ya superado, no supo poner el pie correctamente, y su remate con el interior se fue lamiendo la cepa del poste, jugada con la que se cerraba el primer acto, de claro color amarillo.
Tras el descanso el escenario cambió poco. El papel de protagonista pasó un poco más al Athletic, que lógicamente tenía que implicarse más en el choque si no quería irse de vacío a San Mamés. Era, como tantas otras veces, un mero espejismo. El Cádiz, cual serpiente, esperaba que su rival se confiara para dar el mordisco definitivo. Entre los minutos 16 y 20 los locales encerraron por completo a su rival en su área, y bombardeó con ocasiones a los leones (que en esos minutos no pasaban de lindos mininos) que merecieron el 2-0: un cabezazo de Sesma entrando solo, un centro medido de Raúl López que un defensa quitó de la cabeza a Oli, un disparo defectuoso (le botó el cuero un segundo antes de armar la pierna) del asturiano en el borde del área, tras una excelente escapada de Sesma, y un obús de Paz. Todas estas jugadas arrancaron sonoros “uys” de los presentes. Pero por desgracia la oleada pasó sin reflejarse en el electrónico, y el duelo volvió a templarse, aunque siempre con el Cádiz mandando sobre el césped.
En el minuto 75 tuvo Oli la que fue posiblemente la mejor ocasión para hacer el segundo. Aranzubia, solo para despejar, se resbalaba. El de Oviedo, siempre luchando todas las pelotas, cazó la pifia del guardameta, y con el marco vacío, la intentaba cruzar, pero era muy poco ángulo y una vez más las manos en las cabezas reflejaba la desesperación porque no se terminaba de rematar el choque.
Había miedo a que tanto perdonar terminara costando caro, y a punto estuvo de hacerlo en el minuto 80, tras cazar Yeste un rechace de Armando. Por fortuna, el mediapunta le pegó flojita y permitió a De Quintana despejar, pero la jugada había advertido del peligro que suponía ir ganando sólo por un gol.
Los últimos diez minutos fueron de auténtico infarto. Con las ocasiones marradas, parecía claro que el Cádiz no iba a aumentar su cuenta. Benjamín tuvo otro tiro franco en el área, y más tarde Oli sentaba cátedra saliéndose de un fuera de juego que permitió a Estoyanoff llegar hasta la línea de fondo y centrar atrás, donde esperaba Benjamín, que vio como Aranzubia se la quitaba de las botas en el último instante. Al poco balón en profundidad del de Valladolid a Pavoni, cuyo tiro rebasó al arquero pero se fue lamiendo el palo. ¡Que agonía con cada ocasión que no entraba!
Pero finalmente el Cádiz se llevaba una merecidísima victoria, que llevaba el éxtasis a Carranza, y que pone en órbita a un grupo humano que por su trabajo, se merece sin duda esta bonanza clasificatoria.
El comienzo del encuentro no hacía presagiar que veríamos un gol tan pronto. El ritmo era lento y anodino, por parte de ambos contendientes, que no mostraban muchas prisas por ganar. No obstante, el Cádiz disponía de muchísimo más posesión de balón que su rival, y si alguien merecía marcar, esos eran los amarillos.
Así ocurrió en el minuto 12. Excelente pase interior a Sesma, que ganaba la espalda a toda la defensa, y con mucho tiempo para pensar, centraba al área. Aranzubia no acertaba a despejar correctamente, y Enrique cazó el balón. El extremeño, con la sangre helada, controló, levantó la cabeza, y la coló por uno de los huecos. Comienzo ni soñado por los más optimistas.
Tras el gol, parecía que estaban pasando el vídeo de los primeros minutos, porque el encuentro volvió por esos mismos derroteros. Pese a ir por debajo en el marcador, los vascos no reaccionaban, pero el Cádiz prefería dejarle algo más la iniciativa, y cazar los huecos que dejaran los zagueros rojiblancos. Los locales querían repetir la misma jugada que había dado lugar al primer tanto.
Las sensaciones eran magníficas. Los de Espárrago, como hicieran siete días antes en el Olímpico de Barcelona, controlaban perfectamente a los vizcainos, que aunque ponían todo su empeño, no conseguía inquietar a Armando. Todo lo contrario que cuando los amarillos salían al contragolpe. Cada escapada cadista levantaba murmullos en las gradas.
Todo parecía sentenciarse en el minuto 34, en el gol de Fleurquin, pero el madrileño Megía Dávila se dejó engañar, y anuló el tanto por entender que había habido falta previa de Oli, cuando en realidad el defensa se dejó caer. El colegiado redondeó su tarde segundos después, cuando un centro de Sesma desde la izquierda fue cortado con la mano dentro del área por un zaguero bilbaíno, lo que terminó de provocar las iras del respetable.
Pese al lógico enfado, el Cádiz no se vino abajo, y no cejó en su empeño por ampliar su ventaja. Aunque los leones no estaban dispuestos a seguir siendo meros espectadores, y jugadores como Iraola empezaron a mostrar sus habilidades futbolísticas, y los rojiblancos empezaron a avisar de que en cualquier jugada podían llevar la desgracia a la parroquia local.
Aunque eso no quitaba que el Cádiz, con el paso de los minutos, se fuera sintiendo más seguro, y estuviera dando un verdadero baño a su rival. Su mejor hacer estuvo a punto de materializarse, por segunda vez, en el 2-0, al borde del descanso. Enrique, el mejor de la primera parte, presente en todas las jugadas de ataque, puso un balón de gol, pero Sesma, con el portero ya superado, no supo poner el pie correctamente, y su remate con el interior se fue lamiendo la cepa del poste, jugada con la que se cerraba el primer acto, de claro color amarillo.
Tras el descanso el escenario cambió poco. El papel de protagonista pasó un poco más al Athletic, que lógicamente tenía que implicarse más en el choque si no quería irse de vacío a San Mamés. Era, como tantas otras veces, un mero espejismo. El Cádiz, cual serpiente, esperaba que su rival se confiara para dar el mordisco definitivo. Entre los minutos 16 y 20 los locales encerraron por completo a su rival en su área, y bombardeó con ocasiones a los leones (que en esos minutos no pasaban de lindos mininos) que merecieron el 2-0: un cabezazo de Sesma entrando solo, un centro medido de Raúl López que un defensa quitó de la cabeza a Oli, un disparo defectuoso (le botó el cuero un segundo antes de armar la pierna) del asturiano en el borde del área, tras una excelente escapada de Sesma, y un obús de Paz. Todas estas jugadas arrancaron sonoros “uys” de los presentes. Pero por desgracia la oleada pasó sin reflejarse en el electrónico, y el duelo volvió a templarse, aunque siempre con el Cádiz mandando sobre el césped.
En el minuto 75 tuvo Oli la que fue posiblemente la mejor ocasión para hacer el segundo. Aranzubia, solo para despejar, se resbalaba. El de Oviedo, siempre luchando todas las pelotas, cazó la pifia del guardameta, y con el marco vacío, la intentaba cruzar, pero era muy poco ángulo y una vez más las manos en las cabezas reflejaba la desesperación porque no se terminaba de rematar el choque.
Había miedo a que tanto perdonar terminara costando caro, y a punto estuvo de hacerlo en el minuto 80, tras cazar Yeste un rechace de Armando. Por fortuna, el mediapunta le pegó flojita y permitió a De Quintana despejar, pero la jugada había advertido del peligro que suponía ir ganando sólo por un gol.
Los últimos diez minutos fueron de auténtico infarto. Con las ocasiones marradas, parecía claro que el Cádiz no iba a aumentar su cuenta. Benjamín tuvo otro tiro franco en el área, y más tarde Oli sentaba cátedra saliéndose de un fuera de juego que permitió a Estoyanoff llegar hasta la línea de fondo y centrar atrás, donde esperaba Benjamín, que vio como Aranzubia se la quitaba de las botas en el último instante. Al poco balón en profundidad del de Valladolid a Pavoni, cuyo tiro rebasó al arquero pero se fue lamiendo el palo. ¡Que agonía con cada ocasión que no entraba!
Pero finalmente el Cádiz se llevaba una merecidísima victoria, que llevaba el éxtasis a Carranza, y que pone en órbita a un grupo humano que por su trabajo, se merece sin duda esta bonanza clasificatoria.