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El Cádiz está inmerso en una pesadilla de la que parece que nunca va a poder despertar. Tras el buen comienzo liguero, los amarillos se van hundiendo poco a poco en la clasificación no sólo de puntos, sino de goleadores, el gran talón de Aquiles de un equipo que semana tras semana realiza muy buenos partidos para ser un recién ascendido. Los amarillos están siendo muchas veces superior a su rival (hoy bailaron a todo un Zaragoza en el primer tiempo), pero mientras éstos necesitan de varias llegadas para anotar, sus rivales, como en el caso de hoy, apenas tienen dos rendijas por las que colar el balón, nos dejan con cara de tontos. Cani y Ewerthon marcaron la gran diferencia en Primera: marcar o no marcar. Y lo demás importa más bien poco.
Buenísimas fueron las sensaciones en el arranque del partido. El Cádiz desbordaba por ambos costados a su rival, e incluso llegó a marcar un tanto, que correctamente anulado. Se podían observar unas ansias de triunfo en las miradas de todos los jugadores amarillos, que querían regalar por fin un triunfo a su fiel afición, que había respondido como se esperaba al llamamiento que hacía la directiva durante la semana.
Sobre el campo había un único equipo, que estaba arrollando literalmente al contrario, y ese era el Cádiz CF. Las subidas de los laterales, sobre todo de un Varela especialmente motivado, destrozaban a los zagueros maños, que no veían forma de parar el vendaval que se les echaba encima. Las primeras ocasiones que reflejaban este dominio aplastante, fueron para Enrique (que gracias a las subidas de Varela era ya un delantero más), que ya avisaba de lo que ocurriría finalmente en el minuto 16. El extremeño recibía un pase de Pavoni, evitaba a César y cabeceaba a red. Por fin el buen fútbol de los de Espárrago, que eran una apisonadora sobre el Zaragoza, se plasmaba en una realidad tangible en el marcador.
No se conformaba el Cádiz, que quería el segundo cuanto antes. Las últimas sorpresas desagradables en casa no querían verse más por Carranza. Enrique, siempre incisivo, se coló hasta la cocina con el cuero, pero su intento de superar a César por el palo corto fue despejado a córner por el exmadridista. Por más que avanzaban los minutos, los aragoneses no osaban siquiera toserle a Armando, que estaba más tranquilo en su portería cuando se tumba en la Playa Victoria. La mejor señal de que las cosas se estaban haciendo a la perfección.
Bajó algo el pie del acelerador el Cádiz en lo que a materia ofensiva se refiere (de lo contrario el fuelle se habría perdido demasiado pronto) pero la medular no consentía el más mínimo respiro a los de blanco, que no sabían ya que intentar para ganar la espalda a los defensas amarillos. En el minuto 29 el colegiado, a instancias de su linier, invalidó la jugada más bonita del choque: un sombrero precioso de Oli al que siguió una espectacular volea. Si entra, aunque no hubiera subido al marcador, se caen las gradas.
Esta ocasión, paradójicamente, marcó un antes y un después en el equipo zaragocista, que por fin despertó de su letargo y empezó a ensañar las garras, avisando que no venía a Cádiz para comer pescaíto. Se produjeron las primeras llegadas visitantes, algunas de ellas con peligro, para recordar a los más confiados que esto es Primera División, y que ningún rival es fácil de batir. El canterano Cani abanderaba esta reacción de los de Muñoz que por fortuna, no tuvo consecuencias directas en el electrónico.
Tan mal marchaban las cosas para los blancos en la medular, que su técnico cambió de golpe a sus dos efectivos en el descanso: Movilla y Zapater ocupaban los puestos de Cuartero y Celades, pasando Ponzio al lateral derecho, una posición mucho más acorde con sus habilidades y en la que el sudamericano está mucho más cómodo.
El cambio fue como del día a la noche. El Zaragoza casi creó más peligro en los primeros diez minutos que en toda la primera mitad. Incluso llegó a marcar, pero el tanto fue anulado por un, cuanto menos, dudoso fuera de juego. Había que pararle pronto los pies a los mañicos si el Cádiz no quería lamentar otra tragedia en su feudo.
Conforme avanzaban los minutos el encuentro se iba definiendo cada vez más: el Zaragoza llevaba ya con claridad el peso del juego, y el Cádiz se defendía como gato panza arriba y buscaba por los huecos que dejaban las subidas de los de Víctor Muñoz.
Ya comentábamos con anterioridad que en Primera ningún equipo es fácil de batir, y en apenas un minuto los amarillos recibieron una nueva lección de este concepto, todavía más dura y cruel que las dos anteriores ante Mallorca y Valencia. Cani primero, y luego Ewerthon, con dos grandes golazos (sobre todo el segundo) revertían una situación que se había mantenido durante setenta minutos.
Aunque viendo la jugada del minuto 78 se entiende porque el Cádiz está sufriendo tanto en los últimos encuentros. Estoyanoff, después de un quiebro imposible entre dos contarios, marcó un pase diagonal que llegó al segundo palo sólo para ser empujado. Sesma y Pavoni entraron con tanta ansia, que se estorbaron el uno al otro, mandando fuera el esférico. La afición simplemente no podía creer lo que estaba viendo.
Una vuelta de tuerca más en la mala racha (de resultados, que no de juego) en la que se ha instalado el Cádiz, y de la que necesita salir inmediatamente si no quiere ver como los tres últimos le dan alcance.
Buenísimas fueron las sensaciones en el arranque del partido. El Cádiz desbordaba por ambos costados a su rival, e incluso llegó a marcar un tanto, que correctamente anulado. Se podían observar unas ansias de triunfo en las miradas de todos los jugadores amarillos, que querían regalar por fin un triunfo a su fiel afición, que había respondido como se esperaba al llamamiento que hacía la directiva durante la semana.
Sobre el campo había un único equipo, que estaba arrollando literalmente al contrario, y ese era el Cádiz CF. Las subidas de los laterales, sobre todo de un Varela especialmente motivado, destrozaban a los zagueros maños, que no veían forma de parar el vendaval que se les echaba encima. Las primeras ocasiones que reflejaban este dominio aplastante, fueron para Enrique (que gracias a las subidas de Varela era ya un delantero más), que ya avisaba de lo que ocurriría finalmente en el minuto 16. El extremeño recibía un pase de Pavoni, evitaba a César y cabeceaba a red. Por fin el buen fútbol de los de Espárrago, que eran una apisonadora sobre el Zaragoza, se plasmaba en una realidad tangible en el marcador.
No se conformaba el Cádiz, que quería el segundo cuanto antes. Las últimas sorpresas desagradables en casa no querían verse más por Carranza. Enrique, siempre incisivo, se coló hasta la cocina con el cuero, pero su intento de superar a César por el palo corto fue despejado a córner por el exmadridista. Por más que avanzaban los minutos, los aragoneses no osaban siquiera toserle a Armando, que estaba más tranquilo en su portería cuando se tumba en la Playa Victoria. La mejor señal de que las cosas se estaban haciendo a la perfección.
Bajó algo el pie del acelerador el Cádiz en lo que a materia ofensiva se refiere (de lo contrario el fuelle se habría perdido demasiado pronto) pero la medular no consentía el más mínimo respiro a los de blanco, que no sabían ya que intentar para ganar la espalda a los defensas amarillos. En el minuto 29 el colegiado, a instancias de su linier, invalidó la jugada más bonita del choque: un sombrero precioso de Oli al que siguió una espectacular volea. Si entra, aunque no hubiera subido al marcador, se caen las gradas.
Esta ocasión, paradójicamente, marcó un antes y un después en el equipo zaragocista, que por fin despertó de su letargo y empezó a ensañar las garras, avisando que no venía a Cádiz para comer pescaíto. Se produjeron las primeras llegadas visitantes, algunas de ellas con peligro, para recordar a los más confiados que esto es Primera División, y que ningún rival es fácil de batir. El canterano Cani abanderaba esta reacción de los de Muñoz que por fortuna, no tuvo consecuencias directas en el electrónico.
Tan mal marchaban las cosas para los blancos en la medular, que su técnico cambió de golpe a sus dos efectivos en el descanso: Movilla y Zapater ocupaban los puestos de Cuartero y Celades, pasando Ponzio al lateral derecho, una posición mucho más acorde con sus habilidades y en la que el sudamericano está mucho más cómodo.
El cambio fue como del día a la noche. El Zaragoza casi creó más peligro en los primeros diez minutos que en toda la primera mitad. Incluso llegó a marcar, pero el tanto fue anulado por un, cuanto menos, dudoso fuera de juego. Había que pararle pronto los pies a los mañicos si el Cádiz no quería lamentar otra tragedia en su feudo.
Conforme avanzaban los minutos el encuentro se iba definiendo cada vez más: el Zaragoza llevaba ya con claridad el peso del juego, y el Cádiz se defendía como gato panza arriba y buscaba por los huecos que dejaban las subidas de los de Víctor Muñoz.
Ya comentábamos con anterioridad que en Primera ningún equipo es fácil de batir, y en apenas un minuto los amarillos recibieron una nueva lección de este concepto, todavía más dura y cruel que las dos anteriores ante Mallorca y Valencia. Cani primero, y luego Ewerthon, con dos grandes golazos (sobre todo el segundo) revertían una situación que se había mantenido durante setenta minutos.
Aunque viendo la jugada del minuto 78 se entiende porque el Cádiz está sufriendo tanto en los últimos encuentros. Estoyanoff, después de un quiebro imposible entre dos contarios, marcó un pase diagonal que llegó al segundo palo sólo para ser empujado. Sesma y Pavoni entraron con tanta ansia, que se estorbaron el uno al otro, mandando fuera el esférico. La afición simplemente no podía creer lo que estaba viendo.
Una vuelta de tuerca más en la mala racha (de resultados, que no de juego) en la que se ha instalado el Cádiz, y de la que necesita salir inmediatamente si no quiere ver como los tres últimos le dan alcance.