Ni el más enfervorecido anticadista podía imaginar un peor comienzo para los intereses del Cádiz. Si había una faceta del partido donde los amarillos superaban ampliamente a los madridistas, era el empuje de la grada. Pero este
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Ni el más enfervorecido anticadista podía imaginar un peor comienzo para los intereses del Cádiz. Si había una faceta del partido donde los amarillos superaban ampliamente a los madridistas, era el empuje de la grada. Pero este efecto quedó anulado a los cuatro minutos. Bienvenidos a Primera: el más mínimo error se paga carísimo. Se jugaba el minuto cuatro de partido. De Quintana entró tarde a Ronaldo, dejando todo el hueco para el disparo del brasileño, que está en estado de gracia (se nota que es año de Mundial), y la puso imposible para Armando. Menudo jarro de agua fría para el esperando retorno a Primera.
Pero ni la afición ni el equipo se vinieron abajo. Aparte de ese remate, el Madrid apenas mostró ninguno de los argumentos ofensivos que lo encumbran a la categoría de superequipo, y el Cádiz, más modestamente, y a base de sacrificio y esfuerzo físico, tuvo el dominio del choque, con la complicidad de los visitantes. Sesma, Enrique, Oli y sobre todo Pavoni (el argentino demostró que va a ser el líder del Cádiz esta temporada), que abrió espacios de donde no parecía que hubiera. Pero muchos de los hombres formantes hoy en el equipo de Espárrago eran novatos en la categoría, y se notaba. Al Cádiz le faltaba un punto de intensidad, mordiente y más "mala idea" para hacer daño al Real Madrid. Los remates de los atacantes cadistas no eran suficiente para batir al posiblemente mejor portero del mundo, Iker Casillas, que salvo en un error garrafal ante Sesma, se mostró tan correcto y efectivo como de costumbre.