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Ya hace un año, que rápido pasa el tiempo.
Aquel domingo 29 de junio de 2003 el cadismo hacía realidad su sueño al marcar Paz de penalty el empate en el Juan Guedes ante el Universidad Las Palmas. Recordemos que los amarillos necesitaban un punto para asegurarse de forma matemática, después de la loca jornada anterior. Recapitulemos todo.
La liguilla no empezaba nada bien para los intereses cadistas. El grupo era para echarse a temblar: un histórico como el Logroñés, un equipo plagado de calidad y con urgencia por subir, el Barcelona B, y el Universidad Las Palmas, un equipo muy alejado para que la afición fuera a apoyar, campeón de su grupo y que juega en un campo de césped artificial.
1000 cadistas dejaron boquiabiertos a la expedición amarilla cuando hacían entrada en Las Gaunas, primer obstáculo de la liguilla. Se habían cruzado toda España para estar con su equipo e insuflarles todos los ánimos posibles en un ascenso que no se podía escapar. Y por momento parecía que lo hacía, ya que al descanso del partido el marcador era de 1-0 para los riojanos. Pero en la segunda parte la calidad de Palacios, dejando atrás a dos contrarios con un caño espectacular y sirviendo un centro medido a Jose Luis, igualaba la balanza. Una balanza que se desnivelaría a favor del Cádiz gracias al penalty cometido sobre Sergio Cruz que Paz cruzó ajustado al palo derecho del portero, cuando ya se llegaba casi al final del encuentro. Muchos se abrazaban al oír el silbato señalando la conclusión del choque, tras haber remontado en un campo que a priori, pertenecía al rival más duro de la liguilla.
La segunda jornada, también que ni pintada. Recibimos al Barcelona B, un conjunto de una calidad extrema, que de hecho así lo demostró en Carranza. El filial blaugrana fue mejor, pero el Cádiz fue quien metió los goles. Primero Israel, a centro, como no, de Palacios, tocando casi con la uña. En el segundo tiempo de nuevo penalty, que de nuevo lanza Paz, a lo Panenka. Fueron unos segundos interminables hasta ver cómo el cuero perforaba la red. Un Carranza a rebosar explotaba de júbilo y los gritos de escuchaban por toda la bahía.
El tercer partido sirvió para poner los pies en el suelo. Devolvemos la visita al equipo barcelonista, que hace uso de su toque y técnica, y que pasa por encima de los de Jose González, que nada pueden hacer por parar el vendabal, que tenía nombre y apellidos: Sergio García. Para colmo, los catalanes igualan en gol-average particular, merced a su victoria por 3-1. Ya es claro que los jóvenes valores de la Massía son los rivales a batir para abandonar el pozo.
Vuelta a Carranza, y comienzan las jornadas emotivas. Ante un Logroñés al que sólo le valía ganar en Cádiz para seguir con vida en el grupo, los amarillos consiguen imponerse en la recta final del partido a los rojiblancos, con un gol de Sambruno que se metió hasta la cocina y se tiró con todo para llegar al cuero. Tras un partido de altísima tensión, fue espectacular ver al meta visitante de rodillas en el centro del campo, alabando a la hinchada local, que gritaba enardecida "Logroñés, Logroñés". Una prueba de que el deporte puede unir.
Y llegamos al quinto partido, una auténtica locura, no apta para cardíacos. Visita la Tacita el Universidad de Las Palmas, con remotas opciones de ascenso, y el Barcelona B viaja a La Rioja. El partido de Carranza es soso y apenas hay ocasiones, pero los transistores humean en las orejas de los cadistas: el Logroñés se marcha al descanso con una victoria por 3-0! La derrota de los catalanes, sumada a un triunfo amarillo, ¡da el ascenso a los nuestros! Sin embargo, la maquinaria blaugrana comienza a trabajar, y va marcando goles, reduciendo distancias, hasta que empata el partido. Aunque una nueva vuelta de tuerca de más, otorga de nuevo el triunfo al Logroñés, que hace el 4-3 en un penalty en el último suspiro. Casi al mismo tiempo Dani Navarrete recibe un pase de Palacios y solo en el área le pega con todo pero aparece por allí el meta canario, que aborta el gol. Aaarrghhh. Final del partido, y queda una sensación triste en el ambiente: lo hemos tenido en la mano, lo hemos acariciado, y ahora todos temen que la oportunidad perdida pase factura. La atmosfera estaba enrarecida en la ciudad, por las calles se palpaba la frustración, y las ganas que había de celebración que ahora había que guardar en un cajón una semana más. Sólo Dios sabe la que se hubiera formado en Cádiz un sábado por la noche si se llega a conseguir el ascenso allí.
Llegamos así al 29 de junio. El Cádiz se la juega en el Juan Guedes, campo del Universidad de Las Palmas, ya descartado en la lucha por ascender. Al mismo tiempo el Barcelona B recibe a los de Logroño en el Mini Estadi. El Cádiz necesita sacar un punto más que el Bar¸a B para conseguir el ansiado premio. Por tanto vale incluso la derrota, si los azulgrana caen también en su partido. Pero antes incluso de que nosotros saquemos de centro los barceloneses ya mandan en su partido, merced a un tanto de David Sánchez. Poco a poco se irían sucediendo los goles a favor de los chicos de Laporta, así que hay que sacar un punto como sea en Canarias. Y parecía que lo perdíamos todo cuando tras la primera retención pitada en el fútbol español por un portero, Alexis saca de inmediato y Jonathan Sesma (ironías de la vida, hoy viste de amarillo) hace el 1-0. La afición cadista empieza a sudar temiéndose lo peor y que la fortuna, tan aliada en otros tiempos, volviera de nuevo la espalda en el momento más inoportuno. Afortunadamente, la agonía dura sólo nueve minutos. Pavoni es objeto de penalty, que de nuevo lanza y convierte Paz, que casi ni lo celebra, pese a que valía un ascenso. La tensión es máxima, no se nos puede escapar.
Los minutos van pasando sin que ningún equipo inquiete al portero rival. Faltando unos diez minutos los canarios gozan de una falta lateral que muchos prefieren ni mirar. Afortunadamente, no tuvo consecuencias. Los minutos, aunque de forma tremendamente lenta, van cayendo, hasta que el colegiado levanta los brazos en dirección al cielo, el cielo al que sale el Cádiz después de pasar por el infierno. En Cádiz, hacía ya varios minutos que la chavalería (y no tan chavales) inunda el césped de Carranza, que de nuevo se había llenado para seguir el encuentro por televisión en una retransmisión en exclusiva por Canal Sur. Y cuando el colegiado pita, se disparan en júbilo y la alegría. Los más jóvenes no paran de correr y de saltar, mientras que los más mayores derraman lágrimas de alegría, liberando así tanta tensión acumulada durante las últimas seis semanas.
Y aún había mucho por vivir. Al día siguiente la ciudad colapsa al grito de "campeones campeones" el aeropuerto de Jerez. Ni el anuncio del retraso de más de tres horas de la expedición cadista merma los ánimos, que se disparan cuando uno a uno y con grandes dificultades, los jugadores artífices de la proeza van cruzando las instalaciones para tomar el autobús. Un autobús que apenas pudo avanzar conforme se fue acercando a Cádiz, ya que encontraba a su paso miles de chavales y de motos que aclamaban a sus ídolos. Muchos más fueron los que rodearon el autocar preparado para la ocasión, sin techo en la segunda planta, para que la afición disfrutara de sus nuevos héroes. Después de tantos años olvidados y defenestrados, había motivos más que de sobra para la algarabía.
"Lloré como un niño"
Hoy hace un año, todos sabeis de que, no hay ni que decirlo.
Qué de sensaciones pasaron por mi cabeza cuando nervioso como nadie, aguardaba desesperadamente el momento en que acabara aquel partido en el Juan Guedes de Canarias. Tengo grabado a fuego el momento que indicaba (por el ruido de tanta gente era imposible oír la radio ni la televisión) que por fin la pesadilla había terminado, y era la imagen de Antonio Muñoz abrazándose con Michael Robinson, ambos con los ojos llorosos. Si se estaban abrazando, es que el partido había finalizado, ya podía llorar yo también. La alegría desbordó de tal forma que eso fue lo único que pude hacer, derramar lágrimas para liberar así la mucha tensión que reinaba dentro de mí, no se que habría pasado si una tercera vez, una tercera liguilla se acababa en el último suspiro, en el noveno año de destierro en la Segunda B. Ya habíamos pagado los errores del pasado, no quería seguir viendo a mi Cádiz jugando en campos dejados de la mano de dios, como era precisamente el que nos encumbró a Segunda. No quería seguir ignorando en los medios, no quería seguir disputando partidos contra equipos que no traían una afición amiga a Carranza con la que rivalizar en cánticos y con la que intercambiar bufandas tras el encuentro, no quería verme solo en una grada anónima cuando viajaba para ver al Cádiz a domicilio.
Aquel abrazo abría la puerta a la esperanza, a volver a ser un equipo importante, a retornar al que debe ser, como mínimo nuestro sitio natural. Por fin el Cádiz volvería a ser destino atractivo para futbolistas de calidad. Aunque en aquellos momentos pasaban ante mis ojos otras imágenes y estampas además de estas. Ya pensaba en el voto que tendría el Cádiz en la LFP, aunque fuera sólo uno, pero por fin, contar algo en el concierto nacional, tener mejores arbitros dirigiendo nuestros partidos, periodistas de toda España ocupando las cabinas de nuestro vetusto Carranza, pero sobre todo, se ponía la primera y más esencial piedra para poder ver cumplido el sueño de ver un Carranza remodelado, del que sentirse orgulloso, de nuevo abarrotado de cadistas y camisetas amarillas aplaudiendo a su equipo contra equipos destacados en el balompié español por su solera, historia, equipo y afición, olvidando aquellos tiempos en los que los goles de Madrid o Barcelona eran coreados como si de los locales se hubiera tratado.
Las vacas flacas han durado demasiado, y a punto han estado de dejarnos en la cuneta. Recuerdo ahora que lento pasaban los minutos, esperando una noticia que anunciara un cambio de rumbo en los tristes acontecimiento, en aquel verano de 2000, en que parecía que el equipo de nuestros amores se iba al traste enterrando para siempre 90 años de historia, y dejándonos huérfanos en la ciudad, sin una de las grandes pasiones de los gaditanos, sin uno de los principales temas de mentideros y coplas de carnaval. Con apenas 3000 personas en las gradas, siempre parecía que aquel partido, era el último de la historia del club. Por eso que hemos estado tan cerca del abismo, verme ahora nadando en aguas tranquilas de la categoría de Plata, me sabe a gloria, una gloria que alcancé aquel 29 de junio de 2003. Unámonos todos para que aquellas vacas flacas no vuelvan.
Aquel domingo 29 de junio de 2003 el cadismo hacía realidad su sueño al marcar Paz de penalty el empate en el Juan Guedes ante el Universidad Las Palmas. Recordemos que los amarillos necesitaban un punto para asegurarse de forma matemática, después de la loca jornada anterior. Recapitulemos todo.
La liguilla no empezaba nada bien para los intereses cadistas. El grupo era para echarse a temblar: un histórico como el Logroñés, un equipo plagado de calidad y con urgencia por subir, el Barcelona B, y el Universidad Las Palmas, un equipo muy alejado para que la afición fuera a apoyar, campeón de su grupo y que juega en un campo de césped artificial.
1000 cadistas dejaron boquiabiertos a la expedición amarilla cuando hacían entrada en Las Gaunas, primer obstáculo de la liguilla. Se habían cruzado toda España para estar con su equipo e insuflarles todos los ánimos posibles en un ascenso que no se podía escapar. Y por momento parecía que lo hacía, ya que al descanso del partido el marcador era de 1-0 para los riojanos. Pero en la segunda parte la calidad de Palacios, dejando atrás a dos contrarios con un caño espectacular y sirviendo un centro medido a Jose Luis, igualaba la balanza. Una balanza que se desnivelaría a favor del Cádiz gracias al penalty cometido sobre Sergio Cruz que Paz cruzó ajustado al palo derecho del portero, cuando ya se llegaba casi al final del encuentro. Muchos se abrazaban al oír el silbato señalando la conclusión del choque, tras haber remontado en un campo que a priori, pertenecía al rival más duro de la liguilla.
La segunda jornada, también que ni pintada. Recibimos al Barcelona B, un conjunto de una calidad extrema, que de hecho así lo demostró en Carranza. El filial blaugrana fue mejor, pero el Cádiz fue quien metió los goles. Primero Israel, a centro, como no, de Palacios, tocando casi con la uña. En el segundo tiempo de nuevo penalty, que de nuevo lanza Paz, a lo Panenka. Fueron unos segundos interminables hasta ver cómo el cuero perforaba la red. Un Carranza a rebosar explotaba de júbilo y los gritos de escuchaban por toda la bahía.
El tercer partido sirvió para poner los pies en el suelo. Devolvemos la visita al equipo barcelonista, que hace uso de su toque y técnica, y que pasa por encima de los de Jose González, que nada pueden hacer por parar el vendabal, que tenía nombre y apellidos: Sergio García. Para colmo, los catalanes igualan en gol-average particular, merced a su victoria por 3-1. Ya es claro que los jóvenes valores de la Massía son los rivales a batir para abandonar el pozo.
Vuelta a Carranza, y comienzan las jornadas emotivas. Ante un Logroñés al que sólo le valía ganar en Cádiz para seguir con vida en el grupo, los amarillos consiguen imponerse en la recta final del partido a los rojiblancos, con un gol de Sambruno que se metió hasta la cocina y se tiró con todo para llegar al cuero. Tras un partido de altísima tensión, fue espectacular ver al meta visitante de rodillas en el centro del campo, alabando a la hinchada local, que gritaba enardecida "Logroñés, Logroñés". Una prueba de que el deporte puede unir.
Y llegamos al quinto partido, una auténtica locura, no apta para cardíacos. Visita la Tacita el Universidad de Las Palmas, con remotas opciones de ascenso, y el Barcelona B viaja a La Rioja. El partido de Carranza es soso y apenas hay ocasiones, pero los transistores humean en las orejas de los cadistas: el Logroñés se marcha al descanso con una victoria por 3-0! La derrota de los catalanes, sumada a un triunfo amarillo, ¡da el ascenso a los nuestros! Sin embargo, la maquinaria blaugrana comienza a trabajar, y va marcando goles, reduciendo distancias, hasta que empata el partido. Aunque una nueva vuelta de tuerca de más, otorga de nuevo el triunfo al Logroñés, que hace el 4-3 en un penalty en el último suspiro. Casi al mismo tiempo Dani Navarrete recibe un pase de Palacios y solo en el área le pega con todo pero aparece por allí el meta canario, que aborta el gol. Aaarrghhh. Final del partido, y queda una sensación triste en el ambiente: lo hemos tenido en la mano, lo hemos acariciado, y ahora todos temen que la oportunidad perdida pase factura. La atmosfera estaba enrarecida en la ciudad, por las calles se palpaba la frustración, y las ganas que había de celebración que ahora había que guardar en un cajón una semana más. Sólo Dios sabe la que se hubiera formado en Cádiz un sábado por la noche si se llega a conseguir el ascenso allí.
Llegamos así al 29 de junio. El Cádiz se la juega en el Juan Guedes, campo del Universidad de Las Palmas, ya descartado en la lucha por ascender. Al mismo tiempo el Barcelona B recibe a los de Logroño en el Mini Estadi. El Cádiz necesita sacar un punto más que el Bar¸a B para conseguir el ansiado premio. Por tanto vale incluso la derrota, si los azulgrana caen también en su partido. Pero antes incluso de que nosotros saquemos de centro los barceloneses ya mandan en su partido, merced a un tanto de David Sánchez. Poco a poco se irían sucediendo los goles a favor de los chicos de Laporta, así que hay que sacar un punto como sea en Canarias. Y parecía que lo perdíamos todo cuando tras la primera retención pitada en el fútbol español por un portero, Alexis saca de inmediato y Jonathan Sesma (ironías de la vida, hoy viste de amarillo) hace el 1-0. La afición cadista empieza a sudar temiéndose lo peor y que la fortuna, tan aliada en otros tiempos, volviera de nuevo la espalda en el momento más inoportuno. Afortunadamente, la agonía dura sólo nueve minutos. Pavoni es objeto de penalty, que de nuevo lanza y convierte Paz, que casi ni lo celebra, pese a que valía un ascenso. La tensión es máxima, no se nos puede escapar.
Los minutos van pasando sin que ningún equipo inquiete al portero rival. Faltando unos diez minutos los canarios gozan de una falta lateral que muchos prefieren ni mirar. Afortunadamente, no tuvo consecuencias. Los minutos, aunque de forma tremendamente lenta, van cayendo, hasta que el colegiado levanta los brazos en dirección al cielo, el cielo al que sale el Cádiz después de pasar por el infierno. En Cádiz, hacía ya varios minutos que la chavalería (y no tan chavales) inunda el césped de Carranza, que de nuevo se había llenado para seguir el encuentro por televisión en una retransmisión en exclusiva por Canal Sur. Y cuando el colegiado pita, se disparan en júbilo y la alegría. Los más jóvenes no paran de correr y de saltar, mientras que los más mayores derraman lágrimas de alegría, liberando así tanta tensión acumulada durante las últimas seis semanas.
Y aún había mucho por vivir. Al día siguiente la ciudad colapsa al grito de "campeones campeones" el aeropuerto de Jerez. Ni el anuncio del retraso de más de tres horas de la expedición cadista merma los ánimos, que se disparan cuando uno a uno y con grandes dificultades, los jugadores artífices de la proeza van cruzando las instalaciones para tomar el autobús. Un autobús que apenas pudo avanzar conforme se fue acercando a Cádiz, ya que encontraba a su paso miles de chavales y de motos que aclamaban a sus ídolos. Muchos más fueron los que rodearon el autocar preparado para la ocasión, sin techo en la segunda planta, para que la afición disfrutara de sus nuevos héroes. Después de tantos años olvidados y defenestrados, había motivos más que de sobra para la algarabía.
"Lloré como un niño"
Hoy hace un año, todos sabeis de que, no hay ni que decirlo.
Qué de sensaciones pasaron por mi cabeza cuando nervioso como nadie, aguardaba desesperadamente el momento en que acabara aquel partido en el Juan Guedes de Canarias. Tengo grabado a fuego el momento que indicaba (por el ruido de tanta gente era imposible oír la radio ni la televisión) que por fin la pesadilla había terminado, y era la imagen de Antonio Muñoz abrazándose con Michael Robinson, ambos con los ojos llorosos. Si se estaban abrazando, es que el partido había finalizado, ya podía llorar yo también. La alegría desbordó de tal forma que eso fue lo único que pude hacer, derramar lágrimas para liberar así la mucha tensión que reinaba dentro de mí, no se que habría pasado si una tercera vez, una tercera liguilla se acababa en el último suspiro, en el noveno año de destierro en la Segunda B. Ya habíamos pagado los errores del pasado, no quería seguir viendo a mi Cádiz jugando en campos dejados de la mano de dios, como era precisamente el que nos encumbró a Segunda. No quería seguir ignorando en los medios, no quería seguir disputando partidos contra equipos que no traían una afición amiga a Carranza con la que rivalizar en cánticos y con la que intercambiar bufandas tras el encuentro, no quería verme solo en una grada anónima cuando viajaba para ver al Cádiz a domicilio.
Aquel abrazo abría la puerta a la esperanza, a volver a ser un equipo importante, a retornar al que debe ser, como mínimo nuestro sitio natural. Por fin el Cádiz volvería a ser destino atractivo para futbolistas de calidad. Aunque en aquellos momentos pasaban ante mis ojos otras imágenes y estampas además de estas. Ya pensaba en el voto que tendría el Cádiz en la LFP, aunque fuera sólo uno, pero por fin, contar algo en el concierto nacional, tener mejores arbitros dirigiendo nuestros partidos, periodistas de toda España ocupando las cabinas de nuestro vetusto Carranza, pero sobre todo, se ponía la primera y más esencial piedra para poder ver cumplido el sueño de ver un Carranza remodelado, del que sentirse orgulloso, de nuevo abarrotado de cadistas y camisetas amarillas aplaudiendo a su equipo contra equipos destacados en el balompié español por su solera, historia, equipo y afición, olvidando aquellos tiempos en los que los goles de Madrid o Barcelona eran coreados como si de los locales se hubiera tratado.
Las vacas flacas han durado demasiado, y a punto han estado de dejarnos en la cuneta. Recuerdo ahora que lento pasaban los minutos, esperando una noticia que anunciara un cambio de rumbo en los tristes acontecimiento, en aquel verano de 2000, en que parecía que el equipo de nuestros amores se iba al traste enterrando para siempre 90 años de historia, y dejándonos huérfanos en la ciudad, sin una de las grandes pasiones de los gaditanos, sin uno de los principales temas de mentideros y coplas de carnaval. Con apenas 3000 personas en las gradas, siempre parecía que aquel partido, era el último de la historia del club. Por eso que hemos estado tan cerca del abismo, verme ahora nadando en aguas tranquilas de la categoría de Plata, me sabe a gloria, una gloria que alcancé aquel 29 de junio de 2003. Unámonos todos para que aquellas vacas flacas no vuelvan.