Por eso afirmo que Andalucía es otra. Y otro el pueblo andaluz. Yo acepto esta nueva realidad sin resignación ni nostalgia. Pero me niego a acatarla como tampoco la acataría Blas Infante. Porque si él estuviera aquí, vivo entre nosotros como yo siento que lo está, no permitiría la muerte del alma de su pueblo. De su identidad cultural. De su espíritu de resistencia. De su fundamento político. Y menos ahora, precisamente ahora, cuando su bandera verde, blanca y verde ondea en nuestras instituciones, cuando su himno se canta en las escuelas, cuando más poder autónomo hemos alcanzado en nuestra historia más reciente. Parece mentira que la misma utopía por la que se dejó la vida sea la que entierre el alma de Andalucía.
¿Y por qué la dejan morir? ¿A quien interesa la muerte del alma de Andalucía?
Sin duda, a los políticos que hoy no están aquí. A los políticos que la gobiernan. Y a los intereses que defienden. Los de su partido. En España. Los mismos políticos que frivolizan con nuestra deuda histórica, los mismos que hacen coincidir nuestras elecciones con las generales, los mismos que se reeligen indefinidamente, los mismos que desprecian a la sociedad civil cuando no son afines, los mismos que permiten los atentados urbanísticos en nuestra tierra, los oleoductos, los cementerios nucleares, las bases militares, los mismos que renunciaron a nuestros campos, a nuestra pesca, a nuestra energía, los mismos que utilizan y manipulan la figura, la obra y el pensamiento de Blas Infante. Los mismos que lo ignoraron entonces. Los mismos que todavía lo ignoran. Y que hacen lo indecible para que los andaluces lo sigan ignorando.
A todos ellos les interesa que Andalucía se convierta en un ente clónico e invisible para los andaluces. Que sus noticias ocupen un par de páginas a lo sumo en mitad del periódico o un par de minutos de televisión entre los sucesos y los deportes. Y para conseguirlo, nada mejor que hacer invisible al propio Blas Infante. ¿Por qué tantas calles, plazas y bibliotecas y sin embargo no se estudia en los colegios que llevan su nombre? ¿Y por qué ahora esos políticos proclaman su andalucismo y a la vez se comportan como si le repugnara la palabra?
Porque la figura de Blas Infante es como un beso que enamora. Pero su pensamiento es como dinamita que estalla en los ojos. El discurso político de Blas Infante es rabiosamente contemporáneo. Revolucionario. Y, por supuesto, contrario a sus intereses.
Blas Infante decía que la muchedumbre era la masa y el pueblo su conciencia minoritaria. Por eso creía en la soberanía social, en la democracia directa y popular, en el poder del pueblo que se sabe y se siente libre, en la patria ciudadana, y desconfiaba de los partidos políticos y de sus estructuras. Decía que hay que estar siempre en guardia contra el enemigo común, el actual secuestro de la tierra, causa de todas las calamidades sociales. Creía en el universalismo humano desde el respeto a las diferencias. Intuyó que la crisis de Occidente no era ni política, ni económica sino humana, una crisis de humanidad. Decía que por encima de todos los estados políticos, el estado natural del ser humano era el de su libertad. Creía en el encuentro. En el alma. Y a fuerza de tanto decir, un día como hoy hace 72 años, lo callaron de un disparo.
A Blas Infante lo mataron antes de tiempo para no morir nunca. Su discurso todavía hoy resulta demasiado antisistema para ser conveniente. Por eso hoy, más que nunca, su pensamiento universalista, pacifista, intercultural, humanista, feminista, ecologista y libertario es la solución para Andalucía y desde Andalucía para la Humanidad entera.
Nos hallamos ante un momento crucial para nuestro planeta, para nuestra tierra, para nuestras vidas y la de nuestros hijos. Es la primera vez en la historia de la Humanidad en que el futuro no se percibe como progreso sino como amenaza. Para acaparar egoístamente todos los recursos planetarios, hemos provocado una deforestación ecológica, social, cultural y política sin precedentes en la historia de la Humanidad. Infinitamente más perversa y dañina que todas las guerras mundiales. La sociedad primermundista lo sabe y aún así no renuncia a su nivel de Bienestar. Las utopías han muerto. No hay ideología más allá del consumo globalizado. Nunca como ahora el ser humano ha tenido tanta conciencia de pertenecer a la Humanidad, y nunca como ahora el ser humano ha sido tan individualista.
Y entre la Humanidad y el individuo, cada vez más nada. Desaparecen las fronteras para el tránsito de información, mercancías y capitales pero no para los cayucos y las pateras. Los Estados-Nación comienzan a borrarse de las conciencias y de las economías mundiales. Todo tiende hacia el Universalismo político. Hacia un único gobierno mundial. Hacia la trampa. Y todo el mundo pica el anzuelo porque cada día el mundo se parece más al barrio londinense de Canden Town, donde las distintas culturas se compran y se venden como souvenirs a saldo, porque en el fondo sólo hay una cultura que nadie discute: el mercado. La única religión planetaria.
Decía Aristóteles que la mente es lo divino del hombre. Y yo digo que el corazón es lo humano de dios. El hombre lleva jugando a ser dios desde que es hombre. Pero nunca como ahora de una manera tan desalmada. Tan fáustica. El hombre contemporáneo es un dios sin corazón que ha normalizado la venta del alma al diablo para conseguir lo que desea. Y cuando al fin lo tiene, quiere más porque no tiene alma para disfrutarlo. Éste es el fundamento del absolutismo de mercado. Del liberalismo político y económico. La apariencia de libertad para escoger entre los productos que nos ofrecen. Y la perpetua insatisfacción. Uno es aparentemente más feliz mientras más tiene. Y mientras más tiene, más desea. Y mientras más desea, más infeliz. Y mientras más infeliz, más solo.
Y en medio de la nada, perdida y sin alma, víctima de todos estos procesos aniquiladores, sola, Andalucía.
Hay un reloj de sol en la cara norte de la Giralda de Sevilla. Un reloj de sol donde no da el sol. Cuenta la leyenda que lo colocó Ibn Arabí antes de marcharse al Oriente, huyendo de la intransigencia y del integrismo irracional que se instaló en Al Andalus. Para la cultura grecolatina, el tiempo es una línea horizontal donde el futuro queda delante y el pasado detrás. Para los andalusíes, el tiempo es vertical, el pasado se asienta en los pies y el futuro apunta a las estrellas. De esta manera crece el individuo sobre lo vivido. El reloj de sol de la Giralda apunta hacia el sol de medianoche, hacia la luz entre las sombras, para que Andalucía no olvide lo vivido y mire siempre hacia el cielo. Para no perderse.
Blas Infante, otro hombre de luz, intuyó que este momento llegaría. Y nos dio el arma para combatirlo: el andalucismo.
¿Y en qué consiste el andalucismo de Blas Infante? En la lucha desde Andalucía contra el universalismo político. En la lucha por mantener la diversidad ecológica, cultural, social y política a todo lo ancho y alto del paralelo 36, para Andalucía, los pueblos y la Humanidad. Las causas justas no tienen patria. Y el andalucismo tampoco. Por eso me atrevo a afirmar que no hay mensaje más esperanzador ni utopía más atractiva que el andalucismo de Blas Infante como expresión paradigmática del universalismo humano en el planeta. El andalucismo de Blas Infante es como el reloj de sol de la Giralda: un referente de luz para que Andalucía no se pierda entre las sombras.
Esta vez la noche se llama globalización. Su coartada es la uniformidad. Qué mejor metáfora que el eslogan de un anuncio de coches: donde no hay diferencia queda la indiferencia. Los mismos paisajes. La misma gente. La misma cultura. Y contra ella combate el andalucismo.
La pérdida de biodiversidad es el componente básico del cambio climático: pierden las especies autóctonas y ganan las banales y exóticas. De ahí que los ecosistemas planetarios tiendan a homogeneizarse. Cada vez son más escasos nuestros linces, águilas y pinsapos y menor su capacidad de reproducción. Eso facilita que aumenten los ratones, urracas y eucaliptos, lo que nos hace más parecidos a otros lugares.