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Historia

De 1910 hasta hoy

El 10 de septiembre de 1910 nació el Cádiz Club de Fútbol. Ese día varios gaditanos acudieron al Gobierno Civil para registrar un club que es el origen del actual, tal y como reconoce la Federación Española de Fútbol. Lo llamaron Cádiz Foot-Ball Club, pues entonces no se había españolizado el nombre del nuevo deporte que esta sociedad se comprometía a promocionar aunque, en realidad, el balompié, como también se le quiso nombrar, ya se había puesto de moda en la capital gaditana gracias a los partidos que se improvisaban en los aledaños del puerto cada vez que arribaban buques ingleses. La irrupción de aquel sport era ya imparable, pues se había convertido en una práctica cuyo ejercicio deleitaba tanto como su contemplación. Uno de aquellos fundadores fue José Rivera y Lora, el primer presidente cadista.

Un año después, en 1911, se datan otros dos acontecimientos germinales del balompié gaditano: el nacimiento del Español Foot-Ball Club y la adscripción del Cádiz a la Federación Sur. Pero fue el Español el único que pudo participar en una competición oficialmente reglada. El Cádiz, por el contrario, habría de soportar periodos muy difíciles en los que apenas subsistió para disputar partidos amistosos. Los españolistas, mientras tanto, pudieron organizarse mejor, pues contaron con más respaldo y en 1916 se proclamaron vencedores del primer Campeonato de Andalucía y en 1922 acabaron segundos en el Campeonato Regional Sur de Primera Categoría. Estos fueron los primeros éxitos del fútbol gaditano.

No obstante, la vida de los españolistas resultó muy efímera. En 1929 desaparecieron y todos sus partidos quedaron ya para el recuerdo de los que habían acudido a verlos al Campo de las Balas (Tiro Nacional) y al Campo de Ana de Viya, situado donde actualmente se ubica el Colegio San Felipe Neri. En febrero de ese mismo año, cuando se celebró la primera jornada del recién creado Campeonato Nacional de Liga, no había ningún equipo de Cádiz entre los diez que formaban la Primera ni entre los veinte –repartidos en sendos grupos de diez equipos cada uno¬– de la Segunda División. Ni figuraba el Español, ni figuraba tampoco el Mirandilla –precursor del Cádiz¬–, que contaba ya con algunos años de existencia.

Fue concretamente, en los años de gloria de los azulgrana –estos eran los colores del Español–, cuando nació el Mirandilla, vinculado a las Escuelas Cristianas de la Salle, una asociación religiosa de gran raigambre en la capital gaditana, que en lo futbolístico, terminaría uniéndose al Cádiz Fútbol Club en los años veinte. En aquella época, de bastantes estrecheces, parecía muy recomendable aunar esfuerzos para formar un plantel de jugadores y competir. No obstante, satisfacer semejante aspiración aún les llevaría algunos años. La entidad resultante fue bautizada como Sociedad Cultural Deportiva Mirandilla Fútbol Club de Cádiz. Se antepuso Mirandilla por la mayor relevancia social de los colegiales.

El Mirandilla disputó sus primeros partidos oficiales en 1924. Se trata de una eliminatoria correspondiente al Campeonato Regional de Segunda Categoría que lo emparejó con el Aurora y que los mirandillistas no superaron pues los linenses se impusieron en los dos partidos: 1-0 y 1-3. En aquellas lides, y en los que tuvieron lugar en la temporada siguiente, pero en este caso con el Algeciras, intervinieron algunos españolistas enrolados en el Mirandilla, como Ramoné o Suárez.

Los mirandillistas habían cercado de alambradas y chumberas el Campo del Velódromo, en el barrio de San Severiano, y allí celebraron sus partidos hasta que en 1933 inauguraron el nuevo Campo de Deportes Mirandilla, junto a la Plaza de Toros, es decir, en lo que actualmente es la Plaza Asdrúbal. Ese campo se convirtió enseguida en el centro de atención de los gaditanos que se decantaron por el fútbol antes que por la fiesta nacional.

En la temporada 1933-34, el Mirandilla empezó a vestirse como el Cádiz actual. Sustituyó su vestimenta, de camiseta con listas negras y amarillas, o azul y amarillas, por otras totalmente amarillas y un calzón azul. Con los nuevos colores, y con un entrenador prestigioso, Juan Armet Kinké, vieja gloria sevillista, y jugadores como García, Bohórquez, Adolfo, Rafaelillo, Rafaelín o Ricardo, el Mirandilla participó con gran éxito esta vez en el Campeonato Regional de Segunda Categoría, del que fue campeón por méritos propios, puesto que en el choque decisivo logró un apabullante 6-1 ante el Balompédica de Córdoba. Un delantero, llamado Gómez, marcó tres de los seis goles gaditanos aquella tarde del 6 de mayo de 1934.

Los logros continuaron en 1935 con el ascenso a Segunda División, el primer ascenso a categoría nacional del historial cadista. Lo festejaron después de una liga muy regular en el Campeonato Regional de Primera Categoría, que acabaron segundos, y de un triunfo memorable en la promoción de ascenso, ante el Onuba (1-0). Curiosamente aquella promoción, a un solo partido, se disputó seis meses después de acabada la liga, el 25 de agosto. Los once del Mirandilla fueron Omist, Ayuela, Ordóñez, Vela, Casti, Calvart, Segurola, Portugués, Gomar y Espinosa de los Monteros. El gol lo marcó Portugués.

De esa forma, poco antes de la Guerra Civil, el Mirandilla se había situado en la élite del fútbol nacional. Sin embargo, su plantilla adoleció de inexperiencia en aquella primera participación en el Grupo III de Segunda y acabó el torneo en el penúltimo puesto. En la última jornada, en un partido que los gaditanos pudieron seguir por la radio, gracias a una retransmisión pionera de Radio Cádiz, perdieron por 4-1 con el Malacitano. Con un punto les habría bastado, pero los Omist, Núñez, Ayuela, Vela, Sosa, Casti, Larequi, que fue quien marcó el gol, Gomar, Espinosa de los Monteros, Beguiristain y Garmendia se vieron ampliamente superados.

Fue entonces, cuando aún lamentaban la pérdida de la división, que sus socios acordaron en asamblea (el 24 de Junio de 1936) revitalizar la entidad nominándola Cádiz Fútbol Club. Tal medida, se supuso habría de contribuir a que el equipo se convirtiera en otro de los rasgos identitarios de la ciudad, de modo que todos los gaditanos, todos sin excepción, lo sintieran como algo propio. Con esa denominación compitió ya en el Campeonato Regional de Andalucía de la 38-39. En ese torneo empezó a despuntar uno de los grandes goleadores del Mirandilla y del Cádiz, `El Pollito´ Roldán.

Pero una vez que se apagaron definitivamente los rescoldos de la Guerra Civil, en la temporada 1939-40, el Cádiz se encontró nuevamente en Segunda, porque así lo habían dispuestos los federativo para cuando se pudieron reanudar las competiciones nacionales, gracias, según algunos cronistas, a la mediación de cadistas influyentes como Antonio Calderón, Juan López García y el General Varela. Por otro lado, a veces ocurre que una campaña que se había iniciado con una monumental sorpresa para los jugadores, hinchas y directivos, como lo fue indudablemente la inclusión del equipo en la Segunda División, acabó de la misma manera, es decir, con los cadistas boquiabiertos y felices puesto que el equipo finalizó el torneo como primero del Grupo V de Segunda, clasificado con honores para el torneo de Campeones y con una posibilidad, bastante real, de auparse a Primera. Y todo ellos pese a que era un Cádiz bastante precario, con Rafael López Gazzo, como presidente, y un plantel de sólo 17 jugadores; pero era el Cádiz de los Luis Soto y Andrés Mateo – que a la siguiente temporada fueron traspasados al Sevilla – de Santiago Núñez, como entrenador-jugador, de Camilo Liz y del Pollito Roldán, entre otros. Sin embargo, después de un comienzo brillante, los resultados posteriores no lo fueron tanto y el ascenso quedó supeditado a un último partido en el Mirandilla contra el Murcia (el 5 de mayo de 1940). El Cádiz lo tenía todo a su favor: El empate le bastaba, incluso la derrota por la mínima, pero, el Murcia se impuso por dos goles (0-2) y, pese al empate a puntos final con el Murcia y el Coruña, el Cádiz se vio relegado al tercer puesto por la diferencia de goles.

La afición se había entusiasmado bastante con aquella contingencia del ascenso. El fracaso tendría consecuencias funestas, muy duraderas. Durante las tres temporadas siguientes, en las que el desánimo se apoderó de la hinchada y de los jugadores, se descendió a Tercera División. Además, el desastre de este Cádiz de posguerra no era solamente deportivo, sino también social y económico. Las penurias se agrandaron tanto que para empezar la 43-44 los directivos optaron por aliarse, y fundirse, con el vecino Club Deportivo Hércules Gaditano. De esta manera el 19 de septiembre de 1943 nacía el Hércules de Cádiz Club de Fútbol, de efímera existencia, pues sólo duró una temporada. Las circunstancias y las prisas fueron las causas de un torneo tan calamitoso en el Grupo VIII de Tercera. La plantilla se había formado en sólo una semana: Santiago Buiria fue designado, como entrenador-jugador de un grupo en el que continuaban ilustres veteranos como García y Espinosa de los Monteros. Pero ni ellos ni valores emergentes como Emilio Soto pudieron evitar el descalabro que condujo a un ominoso descenso. Aquella liga resultaría tan calamitosa que se vieron abocados a una eliminatoria de permanencia con el Melilla y como la perdieron, terminaron extraviando también la categoría nacional (el 25 de junio de 1944). El partido de ida se disputó en Melilla, el cual venció por 3-1. En el de vuelta ganaron nuevamente los norteafricanos, esta vez por 1-2. Fue un partido plagado de incidentes y en el que algunos jugadores del Cádiz no fueron capaces de dominar sus nervios. De hecho uno de ellos, Constancio, le propinó un puñetazo en la boca al árbitro que les dejó secuelas a ambos. Para el primero fueron cuatro años de suspensión y para el segundo otras tantas visitas al dentista. El once de Santiago Buiría fue el siguiente: García, Fernández, Mondéjar, Soto, Tomasín, Constancio, que marcó el gol, Buiría, Andrés, Arberola, Vidal y Espinosa de los Monteros. Por increíble que pudiera parecer, a mediados de los cuarenta, concretamente el 25 de junio de 1944, el Cádiz, y sus aficionados, debían hacerse a la idea de competir en Primera Regional. Fue algó así como si el Cádiz actual cayera de la Segunda B a Tercera.

Aquel verano de 1944 fue, seguramente, el más triste que pueda recordarse con motivo de este Centenario. El desaliento de los directivos era enorme. Y no era menor la impotencia que sentían los seguidores. Se llegó a temer el fin. Pero un grupo de gaditanos fue capaz de asumir aquel hundimiento que era entonces el Cádiz para, después de haber recuperado la credibilidad de los hinchas, devolverlo con nuevos bríos a Tercera. Isaías Monforte, que sería designado presidente, y todos los que trabajaron en aquella Comisión Reorganizadora del Cádiz hicieron posible el renacimiento de la institución. Entre todos reunieron el dinero suficiente para saldar todas las deudas y el 19 de octubre de 1944 en asamblea acordaron escindirse del Hércules para contender nuevamente como Cádiz Club de Fútbol. Después prepararon un equipo que se le confió a un gaditano, Juan Bejarano, y al que se incorporaron sobre la marcha jugadores del Hércules y varios foráneos como Arberola, Chiquete, Díaz o Garrido. Ese Cádiz renacido fue campeón de Primera Regional, pero posteriormente, en la segunda ronda de la fase de ascenso, sería eliminado por el temible Calavera sevillano. En septiembre, para cuando la hinchada cadista se había hecho a la idea de otra campaña en Regional, llegaron buenas nuevas allende el Guadalquivir. Se había producido una reorganizacón de la Tercera y como el Calavera se había retirado, porque no disponía de un campo propio, era al Cádiz al que le correspondía disputar una promoción contra el Atlético Tetuán, que había sido el colista del Grupo IX de Tercera. El Cádiz preparó con esmero estos partidos para los que se repescó a Fernández y Roldán, experimentados ya en categorías superiores con el Oviedo y el Betis. En la ida ganaron los del Protectorado por 3-0 y en la vuelta los gaditanos tuvieron arrestos para igualar la eliminatoria, 4-1; lo que obligó a un encuentro de desempate que se celebró el 11 de septiembre de 1945 en el Campo de Nervión, en Sevilla. Fue un partido muy emocionante y también muy largo, pues hubo que sumarle una prórroga, pero al final, cuando faltaban sólo dos minutos, Meléndez evitó el cuarto partido –Rafael Ballester aún no había inventado las tandas de penaltis– marcando el 3-2. La celebración de ese tanto fue la del merecido retorno a la categoría nacional. Los ganadores de aquel encuentro nervionense fueron Falete, Bohórquez, Villar, Vidal, Soto, Segura, Fernández, Meléndez (1), Garrido, Escalera, y Roldán. Bohórquez; Meléndez y Roldán fueron los autores de los goles.

Con ese triunfo se abre un periodo de diez campañas en Tercera, desde la 45-46 hasta la 54/55, es decir, hasta que se asciende a Segunda, porque en 1955 el Cádiz fue campeón del Grupo XI de Tercera y del Grupo IV de Promoción. Algunos años antes los cadistas habían salvado otra grave crisis institucional: poco antes de empezar la temporada 50-51, el club estuvo cerca de ser entregado a la Federación Andaluza para su defunción dada la imposibilidad de hallar a alguien que asumiera la presidencia. Pero, Vicente del Moral, en una larga e histórica asamblea contrajo la responsabilidad antes de ver como el Cádiz desaparecía. Le secundaron un grupo de gaditanos que llenos de entusiasmo concibieron un Cádiz nuevo: el primer acuerdo que adoptaron fue cambiar los colores. El equipo debía lucir, pensaban ellos, los mismos colores del pendón de la ciudad para que ningún otro club pudiera ser más representativo de la ciudad que el Cádiz. También concibieron un nuevo modelo deportivo inspirado en el del Racing de Santander: debían construir un equipo sólido, de categoría superior a aquella en la que se habría de competir. Para llevarlo a la práctica confiaron en José Nicolás Peralta, un entrenador catalán, que vino al Cádiz con siete jugadores del Lérida: Bademunt, Cala, Amat, Modol, Remacha, Ferrando y Vega y hasta un secretario técnico (Ortiz del Cerro). Semejante desembarco estaba justificado por los logros de estos en la temporada anterior en la que habían ascendido a Primera División.

También se incorporaron algunos jugadores cántabros, como Herrera o Carralín. Pero los resultados no fueron los esperados. La gran mayoría de esos futbolistas decepcionó y alguno de ellos, como Herrera, llegó a ser multado por “su falta de cariño al club”. Al final de temporada, el Cádiz sólo era octavo. Peralta ni siquiera terminó la temporada, reemplazado por Juan Bejarano. Además, aquel cambio de colores no prosperó. Los hinchas preferían a su equipo de amarillo y azul.

En la triunfal 54-55, el Cádiz contaba con Juan Ramón Cilleruelo como presidente; otro entrenador prestigioso, Diego Villalonga; y un grupo de jugadores, como Cuartango, Rueda o Briansó, que ya habían avisado durante el campeonato anterior con un meritorio tercer puesto, y se sumaron otros como Pilongo, Nené, Pastilla, Hurtado o Mari, que entusiasmaron al público por su calidad y por su regularidad. Fueron campeones del Grupo XI y subieron a Segunda, además como campeones del Grupo IV de Promoción. Tanta fue la holgura del triunfo final que en la última jornada de esta fase el único rival que podía desbancar a los amarillos era el Algeciras, pero este debía esperar una derrota cadista en Don Benito por ocho goles de diferencia. Sin embargo, lo que sucedió fue que mientras los de Villalonga empataron sin goles, los algecireños sucumbieron en Ceuta por 7-0. El once del Cádiz que celebró el ascenso aquella tarde del 1 de mayo de 1955 fue Garatea, Armengol, Cuartango, Briansó, Pilongo, Pastilla, Ricardito, Rueda, Nené, Paquito y Mari.

Sucedieron aquel año, tan señalado, otros dos grandes hitos cadistas: la inauguración del Estadio Ramón de Carranza (el 2 de septiembre de 1955) y la creación del singular Trofeo Carranza. El ya vetusto Mirandilla quedaba para el recuerdo y la demolición; mientras que el recién nacido Trofeo Carranza se revelaría enseguida como una idea genial de la directiva de Cilleruelo, genial tanto para recomponer las cuentas de un club que no podía quedar a expensas de la subvención municipal, porque precisaba nuevas fuentes de ingreso, y genial porque en los años venideros, cuando el fútbol televisado era aún una quimera, sirvió para que los gaditanos vieran in situ a los mejores jugadores del mundo.

Con el ascenso ya reseñado se inicia una etapa en Segunda que se prolongaría durante 14 temporadas. Esta categoría estaba entonces formada por dos grupos: al Cádiz le correspondió el II con rivales andaluces, extremeños, murcianos, valencianos, norteafricanos y canarios. Los hechos más sobresalientes de este periplo fueron, en primer lugar, la fulgurante aparición de Manolín Bueno, un jovencísimo extremo gaditano al que le bastaron unos pocos partidos en Segunda para ganarse la atención de todos y entre ellos las del Real Madrid y el Barcelona, aunque fueron los blancos los que se adelantaron y concretaron su fichaje el 1 de mayo de 1958, después de que Miguel Muñoz, el mítico entrenador del Real Madrid y de la Selección Española, diera su visto bueno. El fichaje supuso para el Cádiz 1.250.000 pesetas. Otro hecho singular fue la pésima clasificación obtenida en la 59-60, el descenso estuvo muy cerca. Se salvó con un final de Liga algo milagroso, en el que un empate del Rayo Vallecano con el Almería resultaría providencial para evitar el descenso autómatico, y gracias también a una promoción de permanencia ganada al Algeciras. Los resultados fueron 1-1 en la ida y 2-1 en el Carranza. Juan Bejarano, que entrenaba desde febrero, tras la dimisión obligada de Camilo Liz por una secuencia de ocho derrotas consecutivas, alineó aquel 26 de abril de 1960 a Ignacio, Jiménez, García-Verdugo, García, Naranjo, Botana, Pedrusco, que fue quien marcó los dos goles, Candi, Lorente, Sornichero y Mekarle. A mitad de temporada, acuciado por las críticas, había dimitido también el presidente de Manuel Vieira y Francisco Márquez Veiga, su vicepresidente, asumió el mando dispuesto a gestionar de un modo muy distinto.

Márquez Veiga presidiría el Cádiz hasta 1970. Durante su largo mandato pretendió siempre gestionar sin riesgos, reduciendo los gastos. Principalmente los de la contratación de jugadores y alentando para que se promocionara en su lugar a los de la cantera o a otros que llegaban de otras partes de España como promesas. Los apuros económicos siempre estuvieron ahí. Baste decir que para sufragar muchos desplazamientos, el Cádiz se obligaba a disputar partidos amistosos allá donde fuera para costearse algunos gastos. La nueva estrategia económica y deportiva afectaba también a la figura del entrenador. Márquez Veiga creía que era esencial planificar y que el trabajo del entrenador debía de prolongarse durante varias temporadas para que resultara efectivo. De ahí que a José Luis Riera lo mantuviera en el cargo durante tres temporadas y que a Julio Vilariño le diera a firmar un contrato por cinco aunque sólo pudo cumplir cuatro. Con esta nueva metodología el Cádiz pudo al menos mantenerse en Segunda División, aunque con altibajos, hasta que sobrevino la calamidad al final de la década.

La 62-63, sin embargo, resultó formidable. Los amarillos rozaron un ascenso que se alejó con una severísima derrota en Valencia con el Levante, ¡7-2!, a cinco jornadas del final. Sólo pudieron ser cuartos cuando ascendían los dos primeros. Era el Cádiz de los García I, García II, García III, Bolea, Soriano, Victoriero y de Máximo Mosquera, un internacional peruano, con muchos años de fútbol en sus piernas, que se convirtió en el ídolo de la hinchada, aunque, curiosamente, no fue capaz de adaptarse y ni tan siquiera acabó el campeonato.

La 64-65 fue otra Liga de apuros y promoción de permanencia para acabar salvando la categoría con tres partidos con el Éibar: 2-0 en Ipurúa, 2-0 en el Carranza y en el desempate, que se celebró en el estadio Metropolitano de Madrid el 22 de abril de 1965, goleada del Cádiz por 4-1 después de una segunda parte memorable; al descanso perdían los amarillos. Aquel triunfo lo lograron Domínguez, Luna, Aragón, Santana, Arteaga, Antoñito, Llona, Ramón, Juanito, Haro y Beato. Los goleadores fueron Haro, Llona, Ramón y Juanito, este de penalti.

Juanito era conocido como Juanito Mariana. Un jugador deslumbrante, de los más recordados de la historia del Cádiz y que destacaría tanto en la Liga de Segunda que acabaría siendo traspasado al Barcelona. Aquello ocurrió al final de la 67-78 después de unos meses formidables en lo que Juanito marcaba goles de par en par, goles que resultaron vitales para que el Cádiz, con su quinto puesto, no se viera afectado por una terrible reducción de la categoría que se llevó a Tercera a los ocho últimos clasificados, entre ellos el Xerez, y que obligó al séptimo y al octavo a salvar una eliminatoria de permanencia. El traspaso, en definitiva, se concretó en mayo de 1968 por cuatro millones de pesetas. No era el único codiciado por otros clubes. Bermúdez y López también aunque sólo se concretaría el traspaso del guardameta al Celta de Vigo por 700.000 pesetas.

La temporada 1968-69 supuso tal batacazo deportivo que el Cádiz perdió la categoría y Márquez Veiga, seguramente, perdió también la fe en lo que venía haciendo. En aquel grupo único de Segunda, con veinte equipos, al Cádiz le faltaron firmeza, fútbol y sobre todo goles. Le faltaba, principalmente, un portero y un delantero centro como reclamaba insistentemente Vilariño. Se intentó contratar sin éxito a Miguel Ángel, el orensano que triunfaría en el Real Madrid, y los goles de Almagro, que llevaba toda la temporada cumpliendo el servicio militar en San Fernando, llegaron demasiado tarde, pues no se le pudo incorporar hasta abril. Los cuatro últimos eran los que se quemaban y la permanencia del Cádiz ardió en la misma pira que las del Mestalla, Indauchu y Jerez Industrial.

Pero esta vez los efectos se mitigaron pronto pues la campaña siguiente, ahora en Tercera, resultó una de las más triunfales del historial cadista. Los amarillos ganaron 28 partidos empataron nueve y sólo perdieron uno de un total de 38. A falta de cuatro jornadas para el final el Cádiz ya había cantado el alirón en el Grupo VII de Tercera. Otra nota curiosa fue que el guardameta Martínez resistió ocho partidos sin recibir ni un solo gol. Después llegó la promoción de ascenso con el Racing de Santander. En el Carranza no hubo goles y en el Sardinero, ante 20.000 espectadores, fue Ortega II, en la segunda parte, quien acertó para los visitantes. Con ese gol se celebró el retorno a Segunda, el 21 de junio de 1970. Márquez Veiga respiró aliviado y dio por segura su marcha de la entidad. Aquel día León Lasa alineó a Martínez, Ricardo, Moreno, Soriano, Ortega I (Claudio), Mendoza, Acedo, Canito, López, Matías y Ortega II. Todos ellos serían objeto de un espléndido recibimiento cuando regresaron. Aquel ascenso se celebró por todos los rincones de Cádiz.

José Antonio Gutiérrez Trueba, que había sido el secretario de la junta de su antecesor, fue quien se responsabilizó de la presidencia por un lustro en el que el equipo se asentó en Segunda y rozó el ascenso por dos veces: 73-74 y 74-75 aunque en esta segunda ocasión era ya Vicente Alonso quien presidía.

Al final de la 70-71 se dio a conocer ante la hinchada cadista un menudo futbolista de la cantera apodado Villalbita, tan llegador como enclenque. De hecho al tercer partido ya se había roto la clavícula. Pero cuando maduró, pasó a ser conocido como Villalba, y esa maduración coincidirá con el primer ascenso a Primera de la historia del Cádiz del que aquel extremo fue pieza clave. Otra revelación del arranque de los setenta fue Migueli, Tarzán Migueli, que al final de la 72-73 sería traspasado al Barcelona por 12 millones de pesetas.

La 71-72 fue un carrusel de entrenadores, pues el equipo anduvo siempre descolgado hacia los puestos de descenso. García Andoaín aguantó seis jornadas. Para la séptima eligieron al Papi Delgado, después Fernando Daucik, durante cinco jornadas, pues enseguida se reveló que había sido expedientado por un litigio con la Federación, Adolfo Bolea fue quien le suplió hasta la jornada 23, cuando se supo que el Colegio Andaluz de Entrenadores le impedía ejercer; el guardameta Martínez fue quien hizo las alineaciones durante dos semanas, hasta que en la jornada 25 llegó José Antonio Naya, quien se encontró al equipo 13º y acabó el torneo en el 14º puesto, obligado a una eliminatoria de permanencia con el Sestao. Los goles de Machicha (2), Otiñano y Baena salvaron al Cádiz: 1-2 en la ida y 2-2 en el Carranza, donde los hinchas terminaron abroncando a su equipo por todos los sinsabores de la temporada. Lo mejor indudablemente, amén de la permanencia, fue la eclosión de Andrés y de Baena, dos gaditanos que se salían en Segunda y que merecían la atención de los grandes. El primero pese a su condición de jugador defensivo, celebró algún gol apoteósico durante aquella Liga, como el que le hizo al Castellón: un eslalon maradoniano que todo cadista debería ver alguna vez en su vida; y el segundo, pese a que cumplía el servicio militar, sumó ya 9 goles, y once en el siguiente.

No obstante, la productividad goleadora de Baena alcanzó su culmen en la 73-74, en la que con 24 goles (23 según otras fuentes), fue el Pichichi de Segunda. Semejante ristra de goles fue sin lugar a dudas una de las claves de una campaña formidable. Con Domingo Balmanya, antiguo seleccionador nacional, en el banquillo y un plantel en el que despuntaban, además del citado, Bonilla, Díaz, Carvallo, Eloy, Ibáñez, Soriano y Villalbita, entre otros. Tuvieron opciones de ascenso hasta el final, pero en la jornada postrera no se dieron los resultados que debían: el Cádiz había de ganarle al Valladolid y esperar que el Osasuna, ya descendido, venciese al Hércules. No fue así. Los alicantinos se impusieron por 1-2 y el Cádiz, que venció al Valladolid por 2-0, hubo de conformarse con el cuarto puesto.

Baena fue traspasado al Atlético de Madrid en abril de 1975, por 15 millones de pesetas, es decir en el transcurso de una temporada en la que nuevamente el Cádiz, ahora con Sabino Barinaga en el banquillo, competía por ascender. Lo anterior sólo puede explicarse considerando las vicisitudes administrativas que se sucedieron tras la marcha en febrero de Gutiérrez Trueba, pese a que en septiembre había renovado su mandato por otros cuatro años. Una gestora se hizo cargo durante dos meses. Esta consultó a los tres candidatos a la presidencia sobre la conveniencia de vender a Baena: de los tres, Vicente Alonso, José Aranda y Manuel de Diego, sólo uno dijo “no”. De Diego. En abril, Alonso fue proclamado presidente.

La 75-76 fue la única campaña con Vicente Alonso. Fue una campaña demasiado convulsa, por los malos resultados deportivos y las fallas de la economía cadista, como para continuar. Los resultados fueron tales que por el banquillo desfilaron Barianga, Juan Arza, Adolfo Bolea y Luis Escarti, este para los dos partidos de la promoción de permanencia con el Baracaldo. Bolea, al parecer, había enfermado. Los amarillos consiguieron un gran resultado en la ida, 3-0, con esta formación: Bocoya, Cenitagoya, Tanco, Díaz, Julio Puig, Carvallo (Herrero), Ibáñez, Ortega, Lloret (Villalba), Quetglás y Mané. Los goles fueron de Carvallo, Ibáñez y Quetglás. En la vuelta se mantuvieron firmes y aunque perdieron 3-2 celebraron su continuidad en la categoría. Vicente Alonso presentó de inmediato su dimisión.

El ascenso a Primera División llegaría el 5 de junio de 1977, con una victoria en el Carranza por 2-0 ante el Tarrasa. Era la culminación de una temporada excelente, con Manuel de Diego en la poltrona, Enrique Mateos, recomendado por el periodista José María García, en el banquillo y 10.000 abonados en los graderíos. La plantilla era también formidable, con jugadores de la talla de Santamaría, Quino, Ortega Carvallo, Ramón Blanco Ibáñez o Mané aunque hubo que remendarla durante la marcha porque en enero Botubot, un central de la cantera, fue traspasado al Valencia, por 25 millones. Dos meses después llegó otro defensa, quizás con menos prestaciones, pero muy curtido, Barrachina, que fue otro de los artífices de aquel gran éxito, el primero de la historia cadista. El Cádiz llegó tercero a la jornada definitiva y acabó el campeonato segundo graciás al definitivo triunfo sobre el Tarrasa, por 2-0, que lograron el 5 de junio de 1976 Santamaría, Cenitagoya (Puig), Rosado, Barrachina, Urruchurtu, Carvallo, Ortega, Ibáñez, Mané, Quino y Villalba (Ramón Blanco). Los goles fueron de Ortega y Villalba. Ellos lograron lo que hasta entonces, y desde aquel partido con el Murcia en el Mirandilla, de 1940 había resultado imposible. Una gesta pionera, inolvidable que se celebró con gran alegría y orgullo no sólo en Cádiz, sino por toda la provincia, y que tuvo como colofón, un par de meses después, la primera participación del Cádiz en el Trofeo Carranza. La felicidad colmaba por aquel entonces el ánimo de la hinchada. La felicidad y la expectación de ver, ¡por fin!, a su Cádiz Club de Fútbol enfrentándose al Real Madrid, al Barcelona, al Valencia, al Sevilla, al Athletic, al Atlético…

Alguno ya sospecharía que las exigencias de la máxima división resultarían excesivas para un equipo tan bisoño y con tan pocas influencias para lo que era entonces la Liga de Primera División. Aparte de todo eso hubo demasiados líos, dentro y fuera del vestuario, que acabaron mermando las pocas fuerzas de que disponía el Cádiz. Los problemas económicos eran enormes y varios jugadores se enfrentaron a la directiva, uno de ellos, Carvallo, saldría muy mal parado, puesto que, pese a su calidad, apenas jugó en Primera, e incluso hubo de pedir la baja en febrero porque según afirmó el Cádiz había dudado de su honestidad fingiendo una lesión. El primer partido se ganó: con el Rayo (2-1), pero Enrique Mateos fue destituido después de la séptima jornada. Sólo habían podido ganar dos partidos de local: el referido y ante la Real Sociedad (2-0). Y de San Mamés habían salido sonrojados (6-1). Luis Escartí asumió la responsabilidad durante tres semanas, en las que sumó el primer positivo en Primera, tras un 0-0 con el Hércules, y un nuevo triunfo, ante el Las Palmas (3-2), pero el Cádiz seguía el último. En diciembre llegó Mariano Moreno, quien, nunca, en las 22 jornadas restantes, llegaría a ver al Cádiz fuera de los puestos de descenso. Sufrieron, además, goleadas difícilmente justificables: 6-1 en Vallecas y 6-1 en Atocha y 0-5 con el Betis. De esta forma, a tres jornadas para el final, y pese a golear al Burgos (4-0), ya estaban descendidos.

El cadismo echó mucho de menos los goles de Baena, que había vuelto como fichaje de relumbrón tras su periplo por el Atlético y el Alavés. Pero Baena sólo pudo anotar uno, aunque histórico pues su certero remate de cabeza sirvió para derrotar al Madrid en el Carranza (1-0) el 18 de diciembre. Para los blancos fue casi una inocentada. Pero lo mejor de aquella Liga fue también el rendimiento de Ortega y Villalba, que en abril fueron traspasados al Betis. Y el debú de Pepe Mejías que, curiosamente, se produjo no en el estadio Carranza sino en el Domecq, que era entonces el campo del Xerez. Fue con motivo de un desigual Cádiz-Español (2-4), que hubo de celebrarse allí por los incidentes de un Cádiz-Salamanca en el que uno de los jueces de línea fue derribado con un botellín.

Así que otra vez a Segunda. Octavos en la 78-79 y octavos en la 79-80, a cinco puntos del tercero en ambas. Hasta entonces Manuel Irigoyen había confiado en Roque Olsen, un verdadero míster látigo, bien conocido y experimentado en el fútbol español. Para la 80-81, sin embargo, apostó por un desconocido que venía de la antigua Yugoslavia, Dragoljub Milosevic, y le impuso la plantilla más gaditana de la historia del Cádiz integrada por una pléyade de jugadores de la capital, como Juan José, Linares, Escobar, Amarillo, Pepe Mejías, Luque y López, o de la provincia, como Recio, Rosado, Manolito y Choquet, más una serie de refuerzos puntuales, como Dos Santos, Hugo Vaca, Lalovic, Zúñiga y Bocoya, aunque esté era un jugador igualmente formado por el Cádiz. Acierto pleno. Aunque en un principio, dijeron que el objetivo era la permanencia, resultó que, entre todos, alcanzaron el segundo puesto y con él un meritorio retorno a la categoría del orgullo. Esta vez con bastante heroísmo; pues vencieron donde, por las circunstancias tan adversas, parecía utópico que pudieran hacerlo. Acaeció en el Martinez Valero, el 24 de mayo de 1981. Aquel estadio mundialista parecia rebosante de ilicitanos enardecidos que esperaban festejar su ascenso. El Elche lo tenía todo a su favor. Los graderíos inmensos clamaban contra los amarillos, pero estos no se amilanaron y ganaron 1-2 con un once muy recordado: Bocoya, Juan José, Dos Santos, Hugo Vaca, Amarillo, Manolito, Luque, Zúñiga, Pepe Mejías, Choquet (López) y Mané. El recibimiento que les dispensó Cádiz fue espectacular, con una afición que salió masivamente a la calle para vitorear a sus jugadores y para celebrar el segundo ascenso a Primera, con el que se inicia un ciclo de subidas y bajadas, de Segunda a Primera, que se prolongará durante seis años y que originará el sobrenombre de submarino amarillo para un equipo capaz de emerger siempre, o casi siempre.

En agosto de 1981, antes de volver a Primera, el Cádiz alzaría al cielo su primer trofeo Carranza. Le ganó al Sevilla de Miguel Muñoz con un gol inolvidable de Dieguito, un zapatazo con la derecha, a diez minutos del final, que no pudo agarrar Buyo. Cuando no la calidad, el tesón de los amarillos se vio recompensado con una noche de fiesta que empezó cuando aquellos jugadores levantaron la Copa. Los campeones fueron Bocoya, Juan José, Hugo Vaca, Dos Santos, Amarillo, Luque, Linares, Pepe Mejías, Dieguito (Escobar), López (Choquet) y Mané.

De regreso en Primera, El submarino amarillo pasó a ser conocido también como El matagigantes, pues en sus partidos de local cayeron abatidos la mayoría de los poderosos: el Atlético de Madrid en octubre; el Real Madrid en noviembre y en enero, el Barcelona; siempre con el mismo resultado 1-0. Pero los partidos de visitante no se les dieron tan bien. Al contrario los perdieron todos excepto el último, en Castellón, donde ganaron 0-1, resultado que no sirvió para evitar el descenso porque, aunque el Cádiz había empatado a puntos con el Las Palmas y el Sporting, la diferencia particular les obligó a despedirse nuevamente de la liga de los grandes. Juan José se despidió del Cádiz, no de la Primera División. Sus impetuosas correrías por la banda derecha le llevaron al Real Madrid. En enero de 1982 se había acordado ya su fichaje por los blancos por tres temporadas. El traspaso ingresó 50 millones en la cuenta corriente del Cádiz, más la participación del Real Madrid en el siguiente Carranza, que se tasó en otros 16 millones, más la cesión de Portugal y de Hoyos, aunque este último nunca llegó a vestirse de amarillo.

En agosto de 1982, después del Mundial de España, Irigoyen sorprendió a casi todos con el fichaje extravagante de un salvadoreño, el mundialista Jorge González. Pese a su origen humildísimo, con aquel alias –Mágico–, ya anticipaba que era un jugador distinto a cualquier otro; sin embargo, Mágico González demostraría enseguida que era mucho más que eso: era, exactamente, un delantero-mago, un jugador decidido a transformar el balón en chistera y cualquier jugada en un truco, gracias a su ingenio y a una técnica prodigiosa. Con fintas increíbles y goles soberbios, se convirtió en el gran ídolo de la hinchada cadista y en un gozo para todos los aficionados al fútbol de nuestro país.

Con Mágico, y una hornada de canteranos talentosos o muy competitivos, como los hermanos Pepe y Salvador Mejías, Mané, Chico Linares, Escobar, Dieguito, Choquet, Chano, Amarillo, López, Manolito…, el Cádiz ascendió a Primera por tercera vez. Además se acertó plenamente con otro fichaje, recomendado por Milosevic. Se trata de Vojinovic, un central de extraordinaria regularidad, que se ganó tambíen el aprecio de la afición.

El partido decisivo fue otra vez con el Elche, aunque esta vez en el Carranza, el 22 de mayo de 1983. El Cádiz era cuarto antes de la última jornada, por lo que necesitaba la victoria para superar al Mallorca y al Deportivo de la Coruña. Y la obtuvo con claridad, 3-1, con dos goles de Pepe Mejías y otro de Mágico. El once fue el siguiente: Catalán, Chano, Dos Santos, Amarillo, Linares, Manolito, Escobar, Pepe Mejías, Mané, Salvador Mejías, Choquet (Manolito) y Mágico (López). Aquel verano, además, los amarillos alzaron su segundo Carranza tras haber superado al Betis en una final muy reñida.

Este nuevo paso por Primera resultaría tan efímero como los dos anteriores: sólo una temporada. Mágico González consiguió 14 goles, cifra nada desdeñable sobre todo si se tiene cuenta que se vio envuelto en una infinidad de líos por su carácter despreocupado y su indisciplina. Sólo Juanito y Da Silva le superaron con 17 goles en la clasificación del Pichichi. Mágico vivió aquello liga como un funambulista. En octubre fue multado por su falta reiterada de puntualidad, en enero recibió otra sanción seguramente por algo similar, en marzo se escapó de una concentración en el hotel Atlántico por lo que fue multado por tercera vez. Todo ello motivó una tremenda división entre quienes le disculpaban todo amparándose en la genialidad sin par de su fútbol y entre quienes casi llegaron a agredirle achacándole a él, a su desidía, la imposibilidad de mantenerse en Primera.

Como dato anecdótico puede añadirse que la fama del salvadoreño llevó al Cádiz, en primer lugar a Los Ángeles, para jugar en el Memorial Stadium, ante 20.000 espectadores, contra la selección de México. Ganaron los aztecas por 2-0. Ocurrió el 14 de noviembre de 1983. La alineación fue: Jaro, Chano, Vojinovic, Dos Santos, Amarillo, Padilla, Vilches, Benito, Manolito, Salva Mejias y Mágico. También jugaron Pepe Mejías, Dieguito y Manolo. Después, en verano, acudieron al Trofeo Ciudad de Varna, en Bulgaria, en el que Mágico se aplicó lo suficiente para que le entregasen la estatuilla al mejor jugador de un torneo en el que también compitieron equipos yugoslavos y checos.

El Cádiz ya había asumido su condición de equipo-ascensor, pues, lejos de ningún trauma, en su regreso a Segunda, completaría una temporada sensacional, ocupando siempre el primer o el segundo puesto, proclamándose campeón de invierno, con el portero menos goleado de la categoría Paco, o Superpaco, como también se le conoció cuando estuvo en el Sevilla por sus dotes de porterazo, quien con solo 21 goles encajados en 31 partidos obtuvo el Trofeo Zamora, y con el más goleador de la categoría, pues el Trofeo Pichichi de Segunda también fue para un jugador amarillo, Salvador Mejías, que hizo 17 dianas con las que se olvidó en parte a Mágico González, quien en enero, y después de otra ausencia injustificable en un entrenamiento y las pertinentes 250.000 pesetas de multa, fue despachado con dirección al Pisuerga. Se enroló en el Valladolid hasta final de temporada y después desapareció rumbo a su país.

El Mago no fue partícipe, no quiso serlo, de los éxitos del Cádiz de Benito Joanet, que cuando faltaban todavía cuatro jornadas para el final ya celebraba, o eso pretendía, su ascenso a Primera. Le bastaba con el empate, pero el Mallorca perdió en Las Palmas y el Logroñés y el Sabadell empataron por lo que aún perdiendo en el Carranza, como así ocurrió, con el Castellón (0-1); el Cádiz había ascendido. Pero aquella tarde, el júbilo dio paso a la tragedia: un espectador fue alcanzado y muerto por una bengala que cruzó el terreno de juego, desde la grada preferencia hasta la de tribuna, para impactar en el pecho de Luis Montero Domínguez. Fue el 21 de abril de 1985.

Con ese ascenso comenzó el periodo de mayor fama y gloria de los amarillos, que durante ocho temporadas sucesivas se codearían con los mejores de España; ocho temporadas en Primera con las que se forjaron una reputación firme de equipo batallador, milagrero y lanzador de jóvenes talentos que con el tiempo merecerían la atención de clubes más poderosos: los Mejías, Chano, Francis, Arteaga, Cortijo, Calderón, Quevedo o el campeón olímpico en Barcelona 92, Kiko, entre otros.

En el verano de 1985 el Cádiz se reinscribe como campeón del Trofeo. Se había impuesto en la final a los brasileños del Gremio por penaltis. Inmediatamente después arrancó, la primera Liga en Primera que se pudo culminar con la permanencia. En ese empeño destacaron Jaro, Montero, Andrés, Villa, Zalazar..., y defraudó Pintinho, que protagonizó algún caso de indisciplina y se pasó muchos partidos en la grada. Mágico se ofreció telefónicamente, desde la distancia enorme que ya lo separaba del fútbol español, pero no se le hizo ningún caso.

En 1986 lograron otra vez el Carranza. Esta vez venciendo en la final al Betis, igualmente por penaltis. La Liga siguiente fue la de los play-off, de nuevo con Mágico González, quien regresó después de un año de inactividad y reflexiones para demostrar que aún le quedaba mucho repertorio. A veces lo logró, como en aquel partido de la cuarta jornada en la que estuvo genial y le hizo tres goles al Racing de Santander (3-0), aunque falló un penalti. Mágico se había reintegrado, dispuesto a ser más obediente, en un plantel que reforzaron igualmente otros jugadores de primera línea, como Bermell, Montero o Cabrera, pero faltaban dos puntales: Pepe y Salvador Mejías. El primero traspasado en julio al Zaragoza, por 35 millones de pesetas más la cesión de Conde, y el hermano pequeño al Murcia, con la carta de libertad.

Los amarillos terminaron últimos del campeonato regular y, además, ese fue el puesto que ocuparon también cuando acabaron las eliminatorias de permanencia. Por consiguiente, el submarino parecía definitivamente lastrado en el fondo de Primera. Sin embargo, un plan de ampliación lo sacó a flote. Aprobado dicho plan sólo habría de descender un equipo, pues la categoría se incrementaba de 18 a 20 clubes. Irigoyen propuso que no fuera el último el que descendiera, sino el peor de un torneo triangular a una sola vuelta entre los tres de cola, esto es, Racing de Santander, Osasuna y Cádiz. Aquel invento se conoció como `La liguilla de la muerte´. El Cádiz lo afrontó con un entrenador de la casa, David Vidal, colocado en lugar de Milosevic, quien, a su vez, había relevado a Manolo Cardo. Empató sus dos encuentros a uno gol y gracias a la victoria de los navarros ante los cántabros obraría el milagro una vez más. El Cádiz, en Primera y el Racing, a Segunda. Algunos analistas del fútbol español se frotaban los ojos.

La temporada 87-88 también debe ser recordada con satisfacción por los cadistas, pues con la dirección de Víctor Espárrago, que supo inyectarles a sus jugadores las dosis justas de confianza y humildad, se obtuvo la mejor clasificación hasta la fecha en Primera: duodécimos, muy a salvo esta vez de las vicisitudes de los amenazados por el descenso. Las virtudes de aquel equipo quedan también como enseñanzas para quien guste de considerar el pasado como guía del presente. Espárrago construyo un equipo disciplinado y trabajador, muy activo en la línea de centrocampista y que, además, pretendía ser muy rápido en sus ataques.

La temporada 88-89 se salvó, como ya era acostumbrado, en el último partido. El descenso estuvo la mar de cerca. Ese fue también uno de los primeros lemas publicitario serigrafiados en la camiseta amarilla. En La Condomina de Murcia. Donde con un gol de Jose (0-1) se eludieron el descenso y la promoción. El once cadista de aquel 25 de junio salvador fue: Szendrei, Raúl, Carmelo, Oliva, Cortijo, Linares, Manolito, Montero (Mágico), Calderón, Villa y Jose. El rendimiento del Cádiz durante la 89-90 estuvo condicionado por el debate en torno a Mágico. Aunque la afición lo demandaba, y no sólo la del Cádiz sino también la de otros muchos estadios, David Vidal se negaba a alinearlo aduciendo que era una “manzana podrida” dentro del vestuario. Las broncas del público hacia el entrenador se sucedieron, pero cuando, a ocho jornadas del final, Vidal fue destituido, por los malos resultados, y Colin Addison ocupó su puesto, Mágico apenas participó en las alineaciones del inglés. De hecho, el Cádiz salvó la categoría ganando los últimos cuatro partidos (Rayo 0, Cádiz 1; Cádiz 1, Real Sociedad 0; Tenerife, 0 Cádiz 1; Cádiz 1, Celta 0) y Mágico sólo intervino en dos de ellos saliendo como suplente.

Pero aquella campaña debe recordarse además por la gesta deportiva que fue alcanzar las semifinales de la Copa del Rey. Nunca había llegado tan lejos en esta competición. Sólo el Real Madrid fue capaz de apartar de la final a un Cádiz que había eliminado al Mollerusa, en la primera ronda (1-3 y 3-0); al Barcelona Atlético en los dieciseisavos (1-1, 2-2), al Betis en octavos (1-0 y 2-0) y al Sporting de Gijón en cuartos (0-0 y 2-1). Pero el Madrid se mostró imposible 0-1 en el Carranza y 3-0 en el Santiago Bernabeu. El once del Cádiz, alineado por David Vidal, que intentó la gesta aquel 28 de febrero fue Szendrei, Raúl, Carmelo, Oliva, Linares, Canillas, Romo, Quevedo, Arteaga, Lajos (Montero) y Mágico. Hechos singulares de aquel torneo fueron la actuación de Szendrei en el segundo partido con el filial azulgrana en el que detuvo tres en las tandas de penaltis y la gravísima lesión, fractura de perone, que sufrió Jose cuando celebraba en el Carranza uno de los dos goles al Betis.

El relato de la campaña 1990-91 pertenece también al género épico. Los cadistas de entonces no olvidarán nunca el partido correspondiente a la jornada 34. El Cádiz era el último clasificado y le visitaba el primero, el Barcelona de Johan Cruyff, al que le faltaba solamente un punto para ser campeón. El resultado, sin embargo, reventó las quinielas y supuso una enorme satisfacción para los gaditanos: Cádiz 4, Barcelona 0. A los jugadores del Cádiz les levantó la moral, tanto como para evitar primero el descenso como para salvar después la promoción con el Málaga. Los guerreros de aquella batalla fueron: Szendrei, Raúl, Carmelo, Oliva, Cortijo, Bernardo, Quevedo, Barla, Pepe Mejías (Linares), Dertycia y Jose (Poli). Quevedo (2), Mejías y Dertycia fueron los goleadores. La aportación del argentino, que había llegado en diciembre convaleciente aún de una grave lesión de rodilla y de las secuelas psicológicas que le produjeron, resultó vital por el coraje y los goles que anotó.

Si en la campaña anterior se logró la permanencia después de dos partidos frenéticos con el Málaga, en la 91-92 el gran rival de los amarillos fue el Figueras. Habían acabado el campeonato antepenúltimos y, por consiguiente, obligados otra vez a jugárselo todo en 180 minutos. En febrero, Irigoyen quiso repetir su acierto con Dertycia y trajo a Tilico, del Sao Paulo. Y tampoco falló esta vez porque los ocho goles del brasileño resultaron cruciales para evitar el descenso y en la promoción, suyo fue también uno de los dos (2-0) al Figueras en el Carranza. En el partido de vuelta el empate, del júbilo cadista (1-1), lo lograron: Szendrei, Francis, Carmelo, Linares, Mateos, Javi, Quevedo, Pepe Mejías (Milanko), Arteaga, Kiko y Tilico (Fali Benítez). El gol fue de Quevedo. Ramón Blanco ocupaba el banquillo cadista aquella noche del 21 de junio de 1992.

1992 fue un año que significó un antes y un después en la vida de este país: la Expo de Sevilla, Barcelona 92, el oro olímpico de la selección española de fútbol con Kiko como protagonista … 1992 fue también un hito para el club obligado por la Ley del Deporte a buscar accionistas y a conducir la transformación de su equipo en una sociedad anónima deportiva. Una metamorfosis de graves consecuencias para una entidad que resultó víctima propicia cuando la cultura del pelotazo, otro de los grandes fastos del 92, se trasladó al mundo del fútbol.

La resistencia al descenso del Cádiz, tan obstinada como milagrera, se quebró en la temporada 1992-93 con la que termina esta etapa tan exitosa en la categoría máxima. La pérdida de la categoría puede relacionarse, sin dudas, con el tortuoso proceso administrativo. Al comienzo de aquella Liga un debilitado Manuel Irigoyen, en lo que a su salud y a su capacidad de gestión se refiere, seguía al frente de un Cádiz que ya no era C.F. sino S.A.D., pero Irigoyen sólo se mantuvo hasta diciembre. Entonces la directiva, que ya no era tal sino un consejo de administración, la coparon los gobernantes del Ayuntamiento, ya que este organismo adquirió la mayoría de las acciones, aunque de forma obligada, para evitar la desaparición segura de la sociedad. Con los políticos no hubo milagro deportivo. Se ocuparon más de recolocar las acciones que de reforzar una delantera con la que quedó muy claro que Kiko era un gran pasador, pero no un goleador. Nuevamente se recurrió a la fórmula del fichaje bomba para la segunda vuelta, practicada esta vez con Macedo, mas ni este se adaptó ni el Cádiz de Ramón Blanco pudo evitar darse por descendido a tres jornadas del final. El 5 de junio de 1993, después de perder 3-0 con el Deportivo, la más larga etapa del Cádiz en Primera había acabado.

El Cádiz Sociedad Anónima Deportiva estaba abocado al desastre. Rafael Garófano habíado dejado su puesto de presidente en primer lugar a un Manuel Irigoyen con las manos atadas y a Juan Manuel González después que Irigoyen sufriera un grave infarto cerebral, el 23 de noviembre de 1993, que lo retiró del fútbol. Juan Manuel González oficiaba como gestor del denominado Grupo de Madrid, que había adquirido el paquete accionarial. Pero quien figuraba en realidad como el nuevo dueño del Cádiz era un hombre de Jesús Gil, Enrique Cerezo, que de hecho fue quien le sucedió en la poltrona rojiblanca cuando Gil falleció. La primera gestión del Grupo de Madrid fue enviar a dos de los mejores jugadores del Cádiz, Kiko y Quevedo, a la plantilla del Atlético de Madrid y, antes de que empezara el campeonato, se embolsaron 125 millones de pesetas por la venta de Arteaga al Español.

Aquel Cádiz tan debilitado no pudo competir en Segunda División. Los malos resultados convirtieron el banquillo en una guillotina que descabezaba siempre al plantel por el lado del entrenador: Colin Addison, Hugo Vaca, José Antonio Naya, y el tándem Marcelino-Cacho Heredia. A siete jornadas del final, el desastre deportivo era de tal magnitud que el Cádiz se había ido ya a Segunda B. Carmelo, Oliva, Mateos, Barla…, que habían vivido tantas peripecias en Primera, veían ahora como su equipo se despeñaba hacía Segunda B. La gran mayoría de los aficionados no quisieron presenciar aquel hundimiento. De hecho, la cifra de abonados era de sólo 3.700, pero para cuando acababa la temporada apenas si quedaba nadie en las gradas del Carranza.

Fue un batacazo espectacular del que el Cádiz tardaría mucho tiempo en reponerse por la inexperiencia de los dirigentes que sucedieron a los del Grupo de Madrid y, sobre todo, por la incapacidad de los jugadores para salir airosos de un sistema de competición despiadado ya que de los 80 clubes participantes en Segunda B sólo ascendían cuatro.

Pese a todo, en estos años el Cádiz llevó a sus vitrinas los Carranzas del 93 y del 94, de penalti ambos, tras sendos empates con el Palmeiras y el Sevilla.

La etapa en Segunda B se alargaría hasta nueve años en los que progresivamente fue renaciendo la hinchada y el cadismo se hizo fuerte de nuevo. Con su aliento, y el buen hacer de jugadores como Férez, Zárate, Zafra, Duda, Palacios, Armando, Raúl López y muchos otros, el Cádiz alcanzó a disputar la liga de ascenso en tres ocasiones: en la 97-98, 00-01 y 02-03, pero no fue hasta la tercera, con un entrenador gaditano, Jose González, cuando consiguió auparse de nuevo a Segunda División.

Antes, en 1995, el Cádiz estuvo nuevamente cerca de su final. Los problemas económicos eran acuciantes. El grupo inversor ya no invertía y en lugar de eso se declaró la suspensión de pagos para que un grupo de cadistas, encabezados por Antonio Muñoz y Manuel García, pudieran entenderse con los acreedores, reorganizar la sociedad y, en definitiva, para que pudieran empezar a gestionar el Cádiz desde Cádiz.

En la 97-98 no se logró ascender por una derrota crucial en el Santiago Bernabeu, donde se congregaron 6.000 gaditanos. Aquel 2-1 ante el Real Madrid B del 14 de junio de 1998 dejó a los de Ramón Blanco sin opciones. Antonio Muñoz era entonces el presidente de un Consejo de Administración que poco después anunciaría la llegada de un nuevo grupo inversor. Este respondía a las siglas ADA, que en realidad, correspondían al Grupo Zeta de Antonio Asencio, vinculado a su vez al Mallorca y al Málaga.

El nuevo grupo invirtió mucho en jugadores de superior categoría: Armando, Duda, Benito, Loreto o Ljubojevic, entre otros, pero unos no respondieron, otros necesitaban más tiempo y alguno, como fue el caso del serbobosnio, ni siquiera pudo vestirse de amarillo para jugar en una categoría que no admitía extracomunitarios.

En el 2001, el Cádiz había sido campeón del Grupo IV de Segunda B. Fue un año de graves problemas económicos que siguieron a la espantada protagonizada en el verano por Rafael Mateo y los demás gestores de ADA. Carlos Orúe fue el responsable técnico de una plantilla que se sobrepuso a muchos meses de impago y a varios encierros en el vestuario y que aunque amagó con retirarse de la competición, acabó dejándose hasta el último aliento para salvarse a sí mismos y salvar a la entidad con un ascenso. Esto último no sucedió, pero si llenaron el Carranza y motivaron la vuelta de Antonio Muñoz. El rendimiento de aquel grupo fue extraordinario, pero en la fase de ascenso no pudieron sobreponerse a la derrota inicial con el Gimnástico de Tarragona: 3-1.

En la 02-03 finalmente el cadismo estalló de júbilo cuando acabó aquel partido canario con el Universidad de Las Palmas del 29 de junio de 2003. El partido clave de la fase de ascenso. Con un empate (1-1) que a los amarillos les bastó. Se había adelantado el Universidad con un gol de… ¡Jonathan Sesma!, pero poco después Pavoni se internó en el área, le derribaron y, como otras veces, Paz asumió la responsabilidad y marcó desde los once metros el gol del ascenso y la alegría. Nunca antes se había visto una explosión de júbilo semejante en Cádiz, y en la mayor parte de la provincia. Los cadistas tiñeron todo Cádiz de amarillo y azul y que convirtieron la fuente de las Puertas de Tierra en un baño de felicidad. Miles y miles se bañaron allí para descargar toda la rabia contenida durante nueve ligas. El once del ansiado ascenso fue: Armando, Velázquez, Varela, Sambruno, Paz, Vicente, Suárez, Dani Navarrete (Sergio Iglesias), Pavoni (Zafra), Israel (Sergio Cruz) y Palacios.

Con la base del equipo del ascenso y un grupo de fichajes muy acertados, el Cádiz formó un plantel que no sólo se asentó en Segunda, sino tuvo arrestos para volver en la 2004/05 a la Liga de las estrellas. Se llevó a cabo, por parte del Consejo de Administración presidido por Muñoz, una profunda modernización de la parte administrativa y comercial de la sociedad, gente como Pepe Mata y Nicolas Lucero insuflaron nuevos aires y nuevas ideas en la dirección del club. Los nuevos tiempos exigían mucha mercadotecnia para aprovechar los recursos que, convertido en un gran fénomeno mediático, el fútbol proporciona. En poco tiempo el Cádiz creó una fundación con su nombre, la escuela de fútbol Michael Robinson, un club de empresas, una tienda oficial, una web oficial, una revista, una emisora de radio, etc. Y al mismo tiempo, fueron créandose peñas y más peñas cadistas por toda la provincia y en muchos puntos de España, como expresión clarísima de que, por encima de tanto marketing, el Cádiz sigue siendo un vehículo de cohesión, de unión y del orgullo de serlo, para todos los gaditanos.

Nuevamente dirigido por Víctor Espárrago, el Cádiz completó una campaña extraordinaria en Segunda, con el título de campeón de la categoría y un ascenso, por todo lo alto, logrado en Jerez, el 18 de junio de 2005. Se había conformado durante los años precedentes un plantel de jugadores formidable, en el que despuntaban Armando, Jonathan Sesma, Pavoni y Oli. El meta obtuvo el Trofeo Zamora pues encajó sólo 26 goles en 40 partidos, es decir, el torneo íntegro, y los tres delanteros sumaron, entre sí, 30 goles. Sin embargo, más fama obtuvo por su parecido con un personaje de cómic que por su goles el gran fichaje del Cádiz para esta campaña: Mirosavljevic, o Mortadelo, como le llamaron muchos. Apenas cinco tantos que no justifican otra millonaria inversión de 100 millones de pesetas.

Las dos jornadas finales se presentaron para los amarillos con la obligación de ganar. En el primero de ellos derrotaron al Tarrasa, ¡otra vez!, por 3-1. Y en el decisivo, en el Chapín, donde ni tan siquiera al cadista más recalcitrante se le hubiera ocurrido emplazar un ascenso, ante miles de gaditanos, fue Oli, con un zapatazo tremendó, desde fuera del área, fue quién marcó primero y Paz, temerario siempre, el segundo de penalti: 0-2 y a Primera en Jerez. Alegría a raudales. Cádiz nuevamente bañada de amarillo. A Primera, otra vez, después de muchos años en medio de las celebraciones más sentidas del cadismo. Aquel once inolvidable lo formaron Armando, Varela, Raúl López, De Quintana, Paz, Suárez (Bezares), Fleurquin, Enrique (Dani Navarrete), Pavoni (Manolo Pérez), Oli y Jonathan Sesma.

El fulgor de las estrellas acabó cegando una vez más al Cádiz que de una forma muy honrosa tuvo que despedirse de Primera mucho antes de lo que esperaba. El Consejo había mantenido a Víctor Espárrago en el banquillo y reforzado el plantel con jugadores de Primera, que no rindieron como se esperaba: Benjamín, Estoyanoff, Cacique Medina o Mario Silva, entre otros. El que no defraudó fue Lucas Lobos, incorporado en enero de 2006, pero su fútbol preciosista y sus goles no fueron suficientes para compensar otras muchas carencias y el Cádiz acabó penúltimo. Pero la mayor decepción, con nombre propio, que sufrieron los cadistas en aquella Liga, fue la de Acuña, la joven promesa sudamericana, en la que el Cádiz realizó la mayor inversión de su historia (¿100 millones?) y que, sin embargo, no pudo ser alineado porque, al ser menor de edad, no podía disponer del pase internacional.

Oli, el héroe de Chapín, fue el elegido para relevar a Espárrago. Pero los resultados no fueron buenos y cuando después de perder en El Molinón con un partido estrambótico (5-4), Jose González, el héroe de Las Palmas, accedió de nuevo al cargo para salvar de forma muy honrosa, además, la temporada con un quinto puesto final. Acuña ya pudo jugar por fín, pero su rendimiento no fue el que se le había vaticinado: sus escasos dos goles se interpretaron como consecuencia de la presión a la que el jugador se había visto sometido. Luego se determinó que le convenía cambiar de aires y que lo más recomendable es que se fuera cedido a otro club: el Salamanca. Deslumbrantes sí fueron, por el contrario, algunas intervenciones de Pablo Hernández, un fantástico refuerzo invernal del que sí podía presumir la secretaría técnica cadista. Para afrontar la 2007-08 llegó al Cádiz como si fuera un nuevo Rey Midas un industrial gaditano afincado en Madrid, Arturo Baldasano, el nuevo comprador de las acciones Con él vinieron el prestigioso Vicente Del Bosque, para asumir la dirección deportiva, y Mariano García Remón, como entrenador. También, una serie de jugadores que ampliaron gravosamente la nómina cadista: Contreras, Yago Yao, Parri, Dani, Gastón Casas, Gustavo López… Todo aquel dispendio se reveló en un tremendo fiasco, pues los jugadores no dieron la talla y Baldasano, quejoso de las finanzas, abandonó antes de que acabará el campeonato y el Cádiz, de nuevo con Antonio Muñoz en la presidencia, afrontó un final de Liga horrible que culminó de la forma más trágica posible, con un penalti fallado en el último momento, en Alicante, por Abraham Paz, el infalible lanzador de tantos y tantos partidos importantes. Pero esta vez su punterazo se fue muy arriba e hizo llorar a una afición incrédula todavía de que semejante desenlace fuera cosa real y no ficticia.

Afortunadamente, esta segunda estancia en la temible categoría resultó mucho más breve, pues esta vez el Cádiz ascendió sin dilaciones, en una sola temporada. Se había implantado un nuevo sistema de competición que favorecía a los campeones de los cuatro grupos, que podían ascender salvando una eliminatoria particular entre ellos. Si no lo lograban, además, aún tendrían una segunda oportunidad midiéndose a los demás clasificados para la fase de ascenso. Así que el Cádiz sabía que debía ser campeón, para subir por la vía rápida, y lo fue. La clave fue la conjunción que se logró entre los históricos que seguían en la plantilla, como Raúl López, Fleurquin o Enrique y los nuevos entre los que destacó Toedtli, que fue el máximo goleador con 17 goles. Los amarillos se proclamaron campeones del grupo IV, ascendieron eliminando al campeón del grupo I, el Real Unión y después se permitieron incluso celebrar el título de campeón absoluto de la categoría superando al Cartagena. El partido decisivo fue el disputado en Irún. Acabó sin goles, por lo que el que había marcado Toedtli en la ida resultó decisivo. La alineación de Javier Gracia de aquel 24 de mayo de 2009 fue: Casilla, Cristián, Mansilla, Dani Fragoso, Cifuentes, Fleurquin, Ormazábal, Enrique (Fran Cortés), Carlos Caballero (Erice), Toedtli y López Silva.

Pero el paso por el fútbol profesional sería efímero. Tras una temporada en la que Víctor Espárrago sustituyó a Javier Gracia en el banquillo, los puntos logrados no fueron suficientes para continuar en Segunda División, por lo que se acabó volviendo a Segunda B. Durante seis temporadas se llegarían a disputar cinco finales por el ascenso, de las que se perdería cuatro de ellas ante Real Madrid Castilla, CD Lugo, Real Oviedo y Bilbao Athletic. Habría que esperar hasta el 26 de junio de 2016 para lograr el ansiado ascenso. Fue en Alicante ante el Hércules, curiosamente ante el equipo que se perdió la categoría en 2008, después de una temporada extraña que comenzó con Claudio Barragán en el banquillo siendo sustituido por Álvaro Cervera a falta de cinco jornadas para la disputa del playoff. Por el camino quedaron Racing de Ferrol (1-2)  y Racing de Santander (0-2) en las dos primeras eliminatorias. Al partido clave se llegó después de que en la ida ante los alicantinos se venciera 1-0 en el Ramón de Carranza con gol de Carlos Calvo. Ese 26 de junio de 2016, a los 19 minutos de partido Dani Güiza logró marcar el que pasaría a la historia como el gol del ascenso. 3.000 cadistas vivieron en las gradas del José Rico Pérez un ascenso tan soñado como inesperado por como había sido la temporada. A la historia pasará la alineación compuesta por: Cifuentes, Juanjo, Aridane, Migue, Servando; David Sánchez, Mantecón; Salvi, Fran Machado, Álvaro García y Dani Güiza.

En definitiva, ya se han cumplido más de 100 años del Cádiz. Más de un siglo durante el que la historia y la fortuna hicieron siempre sus mundanzas con el equipo amarillo, como con todas las cosas. Se sucedieron logros y fracasos deportivos, ascensos y bajadas, festejos y dramas…, como no podía ser de otra forma tratándose, además, de un juego, que lo es por mucho que a un club de fútbol se lo disfrace ahora de sociedad anónima deportiva. Pero, de una manera u otra en Primera, en Segunda o en Segunda B, el Cádiz seguirá creciendo si no como sociedad, sí como ese sentimiento capaz de hermanar el ánimo de tantos y tantos gaditanos siguiendo a una bandera: la amarilla y azul.